jueves, 5 de mayo de 2011
lunes, 25 de abril de 2011
UN VEÍ ENTREMALIAT

Ell és l’únic que entén les meves contínues bromes, a vegades fora de lloc, ho reconec. M’ho permet tot, com a nena malcriada que sóc. Tot m’ho perdona: quan li envio fotos picants, quan rep mails que em dóna per escriure el dia universal de l’amor, quan el deixo lligat dues setmanes en una habitació i m’enduc la clau que obre la porta, quan l’imagino fent un programa nocturn de sexe a la tercera edat.
Quan sembla que ja no escriuré més, em proposa un joc. I com m’agrada jugar, li dic que sí. Li conto que quan em poso el vestit negre faig malifetes i acabo al lavabo del Morrysom amb els ulls embenats. Em demana que comenci a escriure una història veïnal; encara no és a la porta dient-me adéu i ja la tinc pensada. Em fa l’encàrrec de buscar un llibre per a Sant Jordi i ja el tinc comprat.
A canvi, em fa regals que arriben per correu ordinari amb una nota amable, com és ell. O m’escriu apunts on suposadament parla de mi, tot i que no ho vol reconèixer… Crec que m’estima, a la seva manera i a mi ja em va bé. Jo també l’estimo a la meva manera. Li vaig donar el personatge del barber periodista, que tots els qui em llegiu coneixeu. I el vaig imaginar com a Robert Mitchum.
Fa dies que li dec un post, d’aquells meus, on escric tot el que em passa pel cap i on sempre li dono el pitjor paper. És una continuació de Blogville crepuscular. Demà m’hi poso… Espero que em perdoni. Aquesta vegada estem junts a la mateixa habitació, i em quedo…
jueves, 14 de abril de 2011
PRIMEROS PASOS
Parece que, a partir de ahora, si quiero un beso, tendré que ganármelo. Lo que significa que tengo que estar permanentemente de buen humor y contarle una historia bonita que me pase cada día antes de ir a dormir, como Sherezade. Si no hay relato, no hay beso. Lo que me faltaba…
Pues allá voy: ayer, y como todos los días, salí con la niña rubia a pasear. La llevé al rompeolas y nos sentamos junto a dos parejas de jubilados en un banco frente al mar. La pequeña se entretuvo mirando las olas en su volver a la playa. Fui testigo mudo de la conversación de los ancianos y sólo sonreía de vez en cuando. Al final, y después de anécdotas de pesca de pulpo y doradas, una de las mujeres dijo: “sigamos paseando, que si esta joven nos entendiera, pensaría lo locos que estamos los catalanes”. Me habían tomado por una extranjera. La otra mujer le respondió: “¿y cómo sabes que no te entiende?”. Al final me reí y les aclaré que también yo era catalana. La niña rubia se giró y las miró. Las mujeres exclamaron: “què maca!, gaudeix-ne, que aquests anys passen volant…”. Les dije que era su tía y después de darles la razón, cogí a la niña en brazos y me despedí de los jubilados catalanes para seguir con nuestro paseo. Nos cruzamos con un hombre al que le acompañaban una pareja de perros salchicha que nos ignoraron. De regreso a casa me encontré con una conocida y su perro alargado. Nos pusimos al día de nuestras vidas y nos despedimos. El pueblo junto al mar donde paso la mitad del día, tiene el porcentaje más alto de perros salchicha de la comarca, para alegría nuestra. Ocupé mi tarde arreglando el pelo del setter que vive conmigo su jubilación. Como Bruc se puso celoso, también él tuvo su sesión de peluquería canina.
Hoy ha sido más o menos lo mismo, paseo y charlas al azar con gente que no conozco. Pero, de regreso a casa, me ha llamado Sumpta, mi hermana mayor. Me ha contado que ya está de vacaciones, que mañana hará cambio de armario y que apartará los vestidos de algodón de su hija para que yo pueda comenzar su colcha de patchwork hecha con las prendas de su infancia. La semana que viene nos veremos. La llevaré a una tienda de delicatessen donde venden huevos de pascua Fabergé. Igual hasta me animo y compro uno para mí.
Por la tarde una llamada telefónica ha interrumpido mi siesta junto a Bruc. Era mi hermano. Estaba eufórico. Nuestra niña rubia ya anda sola. Me ha contado que la pequeña ha enderezado su espalda y ha mantenido el equilibrio, tan fácil como esto. Ya no hay marcha atrás. Mañana espero que me reciba caminando, como años atrás hizo mi hija, como hizo Javito y Luigi. Como hizo la niña de rizos morenos, la que tendrá su colcha de retales de su infancia para que me recuerde cuando se vaya a estudiar a la gran ciudad. Quizá allí estaré yo, esperándola.
Mañana espero encontrar a la vecina de al lado, la que me pregunta sobre los progresos de la niña rubia, para decirle que ya camina. Seguro que me contesta: ¿ya habla?. Y habrá que joderse de nuevo…
Por cierto, mi hermano me ha avisado que encontraré una caja con gusanos de seda. Me ha pedido que recoja hojas de morera para su alimentación. Lo que me faltaba. No tengo suficiente con dar papillas a su peque y cuidar de su setter jubilado. Ahora tendré que encaramarme a los árboles en busca de hojas tiernas para sus gusanos de seda, mientras la niña rubia me mirará con ganas de imitarme. Pero lo de subir a los árboles, ya se andará, pequeña. Entretanto, que tu madre reserve tus vestidos de algodón. Para que un día puedas envolverte con tu colcha de patchwork y te acuerdes de la boba de tu tía. La que te cuidaba en los días marítimos. La que debe contar cada noche una historia antes de irse a dormir si quiere ganarse un beso…
jueves, 7 de abril de 2011
DÍAS MARÍTIMOS
Hoy, en mi paseo diario junto a la niña rubia, nos hemos detenido un momento para mirar la obra de un pintor aficionado. Ya lo habíamos visto otras veces dibujando el paseo marítimo pero hoy, me he atrevido a curiosear. No le ha importado, al contrario. Me ha preguntado qué me parecía el cuadro. He tardado un minuto en contestar y al final le he dicho: “da paz”. El hombre se ha quedado pensativo y me ha respondido: “sí, es lo que siento yo estos días”. He sonreído y hemos continuado nuestro paseo hasta el final, cruzando con el cochecito el puente de madera y metal que hay frente a un restaurante.
Cada día, la niña y yo buscamos un recorrido diferente. Un día me da por buscar el lugar donde hagan el mejor croissant y nos sentamos en la plazoleta que hay frente al mar para comérnoslo. A ella le doy una patita y yo me como el resto. Luego, y si tenemos ganas, le mandamos un sms a un amigo. A la niña le dejo apretar la tecla de enviar (ahora está en fase apretar botones de ascensor y teclas). Otro me pierdo expresamente en el barrio marinero, buscando las casas blancas con geranios en los balcones, abiertos para dejar entrar el aire fresco. Como cada día, nos cruzamos con la señora a la que acompaña un perro salchicha, tan altivo como Bruc. La niña rubia lo señala con el dedo. Por suerte le gustan los perros, como a mí. Luego nos cruzamos con la pareja que hace footing. Seguidamente aparece la anciana a la que le gusta pararse un ratito para descansar y aprovecha para hablarme. Hace dos semanas me dijo que la niña se parecía a mí. Yo le aclaré que no era su madre, pero que era su tía. La mujer vio que había metido la pata, ya que la pequeña y yo no nos parecemos en nada. Ella es rubia y yo morena y difícilmente hubiera salido alguien rubio como ella a no ser que el padre fuera un nórdico, cosa improbable. Continuó la conversación y me explicó que en su juventud había estado al cuidado de cinco niños, y que la querían más a ella que a sus propios padres. Que un día los progenitores de la numerosa prole se fueron de viaje y ella y los niños no se acordaron para nada de ellos. Al contrario, cuando regresaron los ignoraron y se agarraron a las faldas de su tata para que no se fuera sin ellos. La vida es así.
Hoy me he decidido por bajarla a la playa. La he vestido de niña, la he peinado con dos coletas y hemos caminado empujando el cochecito de bebé hasta dar con el puente que nos gusta. Antes he cogido unas margaritas y he adornado su cabello con ellas. Yo, que prefería a los chicos antes que a las chicas, ahora peino coletas y prendo flores en ellas. Cuando le cuento a mi amiga la Bruji lo guapa que es la niña me recuerda con sorna: “ui sí, la que quería un niño…” y me callo dándole la razón, con lo que me cuesta…En fin.
Regresamos a casa cuando el sol empieza a picar y nos paramos por última vez para arrancar una mata de romero. Y como tengo un refrán para cada ocasión le digo a la niña: quien va al campo y no coge romero, no tiene amor verdadero. Por si las moscas, arranco una rama para mí. Antes de entrar en casa vemos a la vecina de al lado esperándonos. También le gusta hablar y me pregunta sobre los progresos de la pequeña. ¿Ya anda? ¿ya le han salido los dientes? Y le muestro orgullosa los cuatro dientes de leche que ya asoman. La mujer me hace una observación al ver que los dos incisivos superiores están ligeramente separados: “dientes de mentirosa”. Y se queda tan ancha. Hay que joderse…
Hoy hemos dibujado corazones en la arena para que el mundo sepa que nos queremos.
domingo, 20 de marzo de 2011
DULCES HORAS
Me piden que escriba alguna cosa y yo me empeño en esconderme. ¿A quién puede interesarle que la vida últimamente me esté dando dulces horas? Que casi siempre sonrío y que hago bromas constantemente. Que puedo afirmar que soy feliz y esto me asusta. Hay una persona que me da las dulces horas aunque ella no lo sepa. Que vivo entre pañales y mocos y me agrada. Que me gusta contemplarla cuando duerme y ver que es perfecta. Que es una manzana a la que me gusta oler. Que es mi niña rubia. Y que los meses que vienen seguiran las dulces horas junto a ella.
lunes, 21 de febrero de 2011
lunes, 14 de febrero de 2011
I LOVE YOU, BABY

Per a MK, aquesta cançó
Aprovechando que hoy sólo veo corazones rojos, bombones con relleno de cerezas confitadas (rojas) y que me he levantado tonta, quizá porque sopla el ventdedalt, os hago una pregunta.
Un día le pregunté a un amigo qué música se pondría para hacer el amor y me contestó: ninguna, para hacer uso del matrimonio, ni música ni velas ni collonades... Le pregunté lo mismo a mi chica silenciosa y me dijo: bueno, al principio música sí, pero luego la apago que me desconcentra...
Bueno, os pregunto lo mismo. Os pido una canción. Yo ya la tengo...Si veis a Cupido, dadle mi dirección, ya sabeis, rumbo sur...
Y para después, esta:
lunes, 7 de febrero de 2011
miércoles, 2 de febrero de 2011
SÁBADO POR LA TARDE

Hoy me he programado una tarde de sábado ni que estemos a miércoles. Consiste en:
buscar una canción melancólica, ir mirando como oscurece sin encender ninguna lámpara, dejar pasar los minutos acostada en el sofá oyendo la respiración de los perros que ya duermen con el estómago lleno y pensar.
Y el pensamiento me ha llevado a una tarde de sábado de hace muchos años, cuando mis tres hermanos y yo éramos aún niños. Mi hermana Sumpta me llevó con ella a jugar a casa de su amiga Janín. Allí estaba J. uno de los dos hermanos de la amiga de mi hermana. Jugaba tirado en el suelo con unas bolas atadas a un cordel, el juguete de moda en aquel tiempo. Y él se dedicó a gritarle al mundo que me quería, que yo era su novia. No tenía ni idea. Y me enfadé. J. murió hace años y yo le he recordado en esta tarde de invierno. Quizá porque hace frío, quizá porque oscurece lentamente. Quizá porque la hora violeta es mi hora preferida, en que se apaga la luz del día y las casas se iluminan con la luz de las lámparas. En todas las casas menos en la mía. Porque hoy es sábado por la tarde y estoy melancólica. Gorrioncito qué melancolía…
jueves, 27 de enero de 2011
IL CAMMINATORE DISPERATO

La sala donde se celebraba el juicio estaba abarrotada de gente. El aire acondicionado no funcionaba y las aspas de los ventiladores no daban abasto para renovar un aire que se hacía cada vez más irrespirable. De fondo sonaba una banda sonora: el vocerío fruto del nerviosismo de un público que esperaba con impaciencia el veredicto. El hombre al que se juzgaba era El Paseante. La víctima de sus fechorías, la encantadora vecina de Blogville, Emily. La mujer presentaba un aspecto abatido. Delgada, pálida y ojerosa. El aspecto del acusado también dejaba que desear. Permanecer entre rejas durante los seis meses en los que se le había aplicado la prisión preventiva antes del juicio, habían hecho mella en un cuerpo en que, antaño, había sido rotundo y joven. La envidia del mismísimo Veí de Dalt. Ahora, la víctima y el acusado apenas recordaban cómo la vida de ambos había tomado un camino sin retorno.
Todo empezó un 31 de enero de 2007. El Paseante le había preguntado a Emily si tenía blog. Como la intención de la mujer era seducirlo, inaguró uno. Aquí empezó su desgracia, y con ella la de El Paseante. Durante cuatro largos e interminables años, el caminante sin rumbo fijo alentaba a su aprendiz a escribir y publicar. Lo que empezó como un juego de seducción, acabó en un intento de asesinato y una novela negra. Para ella, él era su maestro. Y como decía Rosita, la abuela de Emily, “desgraciado el alumno que no aventaje a su maestro”. A día de hoy el futuro pintaba negro para El Paseante. Ahora esperaba, decaído, el veredicto y la sentencia.
El público que asistía al juicio estaba formado en su mayoría por mujeres. Emily las llamaba maliciosamente “bragas mojadas”. Tal era el efecto que causaba en ellas las publicaciones nocturnas de El Paseante en su cuaderno personal. Pero el blog del camminatore disperato corría un serio peligro si el veredicto era de culpabilidad…
EL juez sacó un pañuelo del bolsillo de su toga y secó el sudor de su frente. El jurado llevaba cinco horas deliverando. Cuando por fin se abrió la puerta de la sala contigua a la de juicios se hizo el silencio. Uno de los jurados llevaba en sus manos un sobre cerrado. El resto le seguía con la mirada puesta en el suelo. Aquello no presagiaba buenas noticias para El Paseante. El responsable de entregar la nota con el veredicto se acercó al juez. Éste se puso las gafas para ver de cerca, rompió el sobre y lo leyó. Dio tres golpes de maza e instó al público para que se levantara. Todo el mundo obecedeció. Todos menos Emily y El Paseante.
-Que el acusado y la víctima se pongan en pie –ordenó contrariado el juez.
Los dos se levantaron de sus asientos y se miraron en señal de despedida. El Paseante respiró profundamente y se dispuso a escuchar.
-¿Cuál es el veredicto? –preguntó el juez al jurado número uno. Él ya conocía la respuesta.
-Culpable, señoría.
Un largo murmullo recorrió la sala. El desconsuelo de las mujeres era perceptible. Dos de ellas se desvanecieron lo que provocó aún más el desconcierto en la sala. El abogado de la acusación felicitó a Emily con un abrazo y un beso en la mejilla. Era Miquele Fratello, apodado “el lince” por sus compañeros de profesión. Ella permaneció impasible. Todo había acabado.
-Paseante, le condeno a seis años de trabajos forzados en la isla de Nantucket. Se le privará de cualquier contacto con el exterior, de acceso a internet y se le negará cualquier contacto con mujeres hasta que demuestre signos de arrepentimiento. Si esto sucediera, se le revisará la condena siempre y cuando la víctima exprese su consentimiento para dicho fin.
Todo empezó un 31 de enero de 2007. El Paseante le había preguntado a Emily si tenía blog. Como la intención de la mujer era seducirlo, inaguró uno. Aquí empezó su desgracia, y con ella la de El Paseante. Durante cuatro largos e interminables años, el caminante sin rumbo fijo alentaba a su aprendiz a escribir y publicar. Lo que empezó como un juego de seducción, acabó en un intento de asesinato y una novela negra. Para ella, él era su maestro. Y como decía Rosita, la abuela de Emily, “desgraciado el alumno que no aventaje a su maestro”. A día de hoy el futuro pintaba negro para El Paseante. Ahora esperaba, decaído, el veredicto y la sentencia.
El público que asistía al juicio estaba formado en su mayoría por mujeres. Emily las llamaba maliciosamente “bragas mojadas”. Tal era el efecto que causaba en ellas las publicaciones nocturnas de El Paseante en su cuaderno personal. Pero el blog del camminatore disperato corría un serio peligro si el veredicto era de culpabilidad…
EL juez sacó un pañuelo del bolsillo de su toga y secó el sudor de su frente. El jurado llevaba cinco horas deliverando. Cuando por fin se abrió la puerta de la sala contigua a la de juicios se hizo el silencio. Uno de los jurados llevaba en sus manos un sobre cerrado. El resto le seguía con la mirada puesta en el suelo. Aquello no presagiaba buenas noticias para El Paseante. El responsable de entregar la nota con el veredicto se acercó al juez. Éste se puso las gafas para ver de cerca, rompió el sobre y lo leyó. Dio tres golpes de maza e instó al público para que se levantara. Todo el mundo obecedeció. Todos menos Emily y El Paseante.
-Que el acusado y la víctima se pongan en pie –ordenó contrariado el juez.
Los dos se levantaron de sus asientos y se miraron en señal de despedida. El Paseante respiró profundamente y se dispuso a escuchar.
-¿Cuál es el veredicto? –preguntó el juez al jurado número uno. Él ya conocía la respuesta.
-Culpable, señoría.
Un largo murmullo recorrió la sala. El desconsuelo de las mujeres era perceptible. Dos de ellas se desvanecieron lo que provocó aún más el desconcierto en la sala. El abogado de la acusación felicitó a Emily con un abrazo y un beso en la mejilla. Era Miquele Fratello, apodado “el lince” por sus compañeros de profesión. Ella permaneció impasible. Todo había acabado.
-Paseante, le condeno a seis años de trabajos forzados en la isla de Nantucket. Se le privará de cualquier contacto con el exterior, de acceso a internet y se le negará cualquier contacto con mujeres hasta que demuestre signos de arrepentimiento. Si esto sucediera, se le revisará la condena siempre y cuando la víctima exprese su consentimiento para dicho fin.
El juez volvió a dejar caer la maza tres veces seguidas y dio por terminado el juicio.
El Paseante pensó que, si él fue un pequeño clavo, el martillo con el que le dieron debía ser de Sansón. Dos policías fueron los encargados de llevarse esposado al camminatore disperato. Cuando pasó junto a Emily, la miró. Ella hizo lo mismo y una lágrima furtiva recorrió su mejilla.
-Paseante, vendré a verte –dijo Emily entre sollozos. Sabía que si convencía al alcaide del penal de Nantucket, éste le dejaría tener un vis à vis con El Paseante. Y de paso le llevaría una pareja de periquitos para hacerle compañía. Con un poco de suerte podría acabar escribiendo un tratado de ornitología como Burt Lancaster en El hombre de Alcatraz.
El público fue abandonando sus asientos y en pocos minutos la sala quedó vacía. Sólo un hombre permanecía sentado sonriendo mientras se limaba las uñas de las manos.
-Has estado impresionante. Una actuación digna de Greta Garbo. La pobre y desdichada Emily…-dijo sonriente El Veí de Dalt a su chica. Él había contratado al “lince” para que se encargara de la acusación. Ahora ambos, con El Paseante en chirona, reinaban por fin en Blogville. El camminatore disperato ya era historia.
La pareja salió del edificio por la puerta de atrás con el fin de dar esquinazo a los buitres de la prensa. Subieron al auto negro que les esperaba en el callejón. Ya en su interior, Emily encendió un cigarrillo y exhaló el humo hacia el techo. Se arrellanó en el asiento y sonrió al nuevo rey. Éste puso una mano sobre el muslo de la mujer con la intención de ir subiendo poco a poco hasta alcanzar lo que tanto había ansiado. Llevaba demasiado tiempo esperando este momento. Pero Emily detuvo su gesto con un:
-Si has esperado cuatro años, unos minutos más no te supondran ningún problema. Espera a que lleguemos al hotel y te subiré al séptimo cielo…
El Paseante pensó que, si él fue un pequeño clavo, el martillo con el que le dieron debía ser de Sansón. Dos policías fueron los encargados de llevarse esposado al camminatore disperato. Cuando pasó junto a Emily, la miró. Ella hizo lo mismo y una lágrima furtiva recorrió su mejilla.
-Paseante, vendré a verte –dijo Emily entre sollozos. Sabía que si convencía al alcaide del penal de Nantucket, éste le dejaría tener un vis à vis con El Paseante. Y de paso le llevaría una pareja de periquitos para hacerle compañía. Con un poco de suerte podría acabar escribiendo un tratado de ornitología como Burt Lancaster en El hombre de Alcatraz.
El público fue abandonando sus asientos y en pocos minutos la sala quedó vacía. Sólo un hombre permanecía sentado sonriendo mientras se limaba las uñas de las manos.
-Has estado impresionante. Una actuación digna de Greta Garbo. La pobre y desdichada Emily…-dijo sonriente El Veí de Dalt a su chica. Él había contratado al “lince” para que se encargara de la acusación. Ahora ambos, con El Paseante en chirona, reinaban por fin en Blogville. El camminatore disperato ya era historia.
La pareja salió del edificio por la puerta de atrás con el fin de dar esquinazo a los buitres de la prensa. Subieron al auto negro que les esperaba en el callejón. Ya en su interior, Emily encendió un cigarrillo y exhaló el humo hacia el techo. Se arrellanó en el asiento y sonrió al nuevo rey. Éste puso una mano sobre el muslo de la mujer con la intención de ir subiendo poco a poco hasta alcanzar lo que tanto había ansiado. Llevaba demasiado tiempo esperando este momento. Pero Emily detuvo su gesto con un:
-Si has esperado cuatro años, unos minutos más no te supondran ningún problema. Espera a que lleguemos al hotel y te subiré al séptimo cielo…
Ya en la habitación del Regàs, el lugar ideal para proporcionar un alojamiento íntimo y discreto para parejas sedientas de amor, el Veí empezó a desvestirse. Emily le pidió que se dejara la ropa interior puesta, ya que le gustaba ser a ella quien se la quitara lentamente. Sabía que aquello hacía enloquecer a los hombres. Él la complació y se tumbó en la cama dejándose puestos los calzoncillos y la camiseta imperio con la que cubria su torso velludo.
-Tengo una sorpresa –dijo Emily con picardía-. ¿A que no adivinas qué le he quitado a uno de los policías?
Ella extrajo unas esposas de su bolso, se subió a horcajadas sobre el hombre y le ató al cabecero de la cama. El Veí se sintió indefenso y pensó que algo no andaba bien cuando ella se bajó del lecho, se sentó en el sofá de cuero y encendió con calma otro de sus pitillos. Unos golpes sonaron en la puerta.
-¡Abran a la policía!
Emily se dirigió a la puerta y abrió.
-Joder, has tardado. Un poco más y…
Miquele Fratello sonrió y la besó.
-Perdona, no encontraba aparcamiento para la moto y no quería entrar en el párquing con ella –el abogado dejó caer su casco sobre la cama y miró al infeliz que permanecía atado a ella. Ahora, con El Paseante y El Veí fuera de juego, él sería el nuevo rey de Blogville. Y Emily sería su reina.
Cuando se cerró la puerta tras ellos, dejándole abandonado, El Veí gritó:
-¡Paseanteeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeee!
-Tengo una sorpresa –dijo Emily con picardía-. ¿A que no adivinas qué le he quitado a uno de los policías?
Ella extrajo unas esposas de su bolso, se subió a horcajadas sobre el hombre y le ató al cabecero de la cama. El Veí se sintió indefenso y pensó que algo no andaba bien cuando ella se bajó del lecho, se sentó en el sofá de cuero y encendió con calma otro de sus pitillos. Unos golpes sonaron en la puerta.
-¡Abran a la policía!
Emily se dirigió a la puerta y abrió.
-Joder, has tardado. Un poco más y…
Miquele Fratello sonrió y la besó.
-Perdona, no encontraba aparcamiento para la moto y no quería entrar en el párquing con ella –el abogado dejó caer su casco sobre la cama y miró al infeliz que permanecía atado a ella. Ahora, con El Paseante y El Veí fuera de juego, él sería el nuevo rey de Blogville. Y Emily sería su reina.
Cuando se cerró la puerta tras ellos, dejándole abandonado, El Veí gritó:
-¡Paseanteeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeee!
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