Mi amiga la Bruji me explicó un día que si enseñas la casa a los invitados hay que tener los dedos cruzados, para ahuyentar posibles envidias…O a colgar un espejo justo en la entrada, para que todo lo negativo se quede en el rellano de la puerta…Para eso es una bruja, buena, pero bruja.Ayer me dijeron: Emily, aún no has visto mi habitación…Pelirroja, deberías haber seguido el consejo de cruzar los dedos ante mi presencia. Aquella habitación que me mostraban estaba hecha para el amor. Sí, claro, también se puede dormir en ella, o escribir un relato vecinal una mañana de domingo mientras en el exterior caen copos de nieve. Pero como me decía mi madre: Emily, a ti la picardía no te dejó crecer. Y si veo una cama siempre pienso en lo mismo, ya saben. Aquella cama invitaba a tirarse en ella, como dijo una aprendiz de costurera momentos más tarde. Sí, a tirarse en ella y que haya alguien esperándote, pensé.
Mi amiga la Bruji se reía de mí porque una vez le conté un chiste. Más o menos era así: una pareja se casa sin consumar su amor antes de tiempo. Él era delgado, muy delgado. La noche de bodas apagan la luz, por timidez, supongo. Cuando el recién casado se tira en la cama haciendo el salto del tigre, ella grita contrariada: ¡cariño, enciende la luz que se me ha caído el crucifijo encima! Espero que se entienda. Como en la época que le conté el chiste a mi amiga yo salía con un chico delgado, muy delgado, ella se mofaba de mí y me decía: a ti lo que te va caer es el Santo Cristo encima si apagáis la luz…Porque si a mí la picardía no me dejó crecer a ella le ocurrió lo mismo.
Como normalmente los lunes hago limpieza general de la casa, le he echado un vistazo a mi habitación. Y he llegado a la conclusión de que mi dormitorio es el de una monja. No hay crucifijo pero es austera como una celda monacal: Sólo hay una cama, una lámpara que reposa en el suelo de madera sin una triste mesita de noche, una cómoda de metal donde guardo la ropa interior y una mesa de color rojo y sobre ella tres fotos: una de la niña rubia sonriendo, una mía junto a Paula, mi otra sobrina, en Sitges el verano pasado y la de mi tío Joan. Hay también una caja de madera que espera una restauración a fondo y dos carpetas con dos proyectos que más pronto o más tarde se realizarán. Y un perfume que huele a naranjas, nada sensual.
Pero cuando me acuesto en mi cama acompañada de Bruc y apago la luz para dormir (el perro me hace la vida imposible si quiero leer un ratito) le digo al oído: ¿tampoco estamos tan mal, no? Y él me responde suspirando profundamente como si me dijera: estamos bién, ahora durmamos un poco. Y sonrío porque los dos formamos un 44 perfecto.







