lunes, 19 de marzo de 2012
EL PIANO DE COLA
Bruc y yo solemos hacer el mismo recorrido todas las mañanas. Buscamos el sol en un paseo rápido por las plazas cercanas a mi calle. Empezamos por la del Diamant. Allí juegan tres bulliciosos bull dogs, ajenos a la gente que va y viene, como niños pequeños. Parecen hermanos. Bruc ni siquiera los mira, tan concentrado está por marcar territorio en todos los árboles, ruedas de coches y esquinas que vamos encontrando en nuestro paseo. Me armo de paciencia, mientras él tira de la correa y yo aflojo. A veces soy yo la que tira y él afloja. Como una pareja más.
Hoy, en el centro de la plaza de la Virreina, había un piano de cola. Una enorme grúa lo acababa de instalar, o al menos así lo he creído. Nadie lo tocaba y nos hemos cansado de esperar.
Después de comer hemos vuelto. Ya ni me acordaba del piano, simplemente errábamos sin rumbo para matar el tiempo. Una joven se había sentado frente al piano, concentrada en su labor de hacer volar la música entre los árboles para quien quisiera oírla. Me he sentado junto a una mujer que dibujaba un edificio. Después de la pianista un hombre interesante ha ocupado su lugar. Antes de deslizar sus dedos sobre las teclas del piano había dejado un libreto con partituras de música de Tom Waits. Por eso me ha parecido interesante. Mientras el pianista tocaba en mi imaginación aquella canción ideal para pedir perdón cuando se ha cometido una ofensa, la grúa ha encencido su motor para subir una nevera en lo más alto del edificio que unos momentos antes dibujaba la señora que había a mi lado. El ruido de la grúa ha apagado a todos los demás. Los de la gente que charlaba en las terrazas, los ladridos de los perros, los móviles que nunca callan…En mi cabeza había silencio. Mis pensamientos estaban en otro sitio. Me he levantado y he tirado de Bruc.
De regreso a casa, me he cruzado con una chica que bajaba una cuesta en bicicleta. Era mi hija. Cuando me ha visto me ha saludado con la mano mientras yo le mandaba un beso.
Una vez más tendremos que ir a París…
domingo, 11 de marzo de 2012
EL DÍA QUE NACÍ YO
El día que nací yo, ¿qué planeta reinaría? De momento tengo el sol a mi favor y las estrellas relucen para mí, aunque la luna se esconde cuando me ve. Ya caerá.
Mañana me levantaré temprano. Me compraré un jersey a rayas para celebrar la primavera y unas violetas para que alegren la casa. Antes habré quemado un trozo de madera de palosanto que me dio mi hermana Sumpta. Rituales tontos.
Mañana el primer sol será para mí. Celebraré que ya tengo otra primavera más. Mañana no coseré, vagaré por la ciudad que de momento me acoge. Quién sabe dónde estaré la próxima primavera. No importa. Ahora estoy aquí.
Soy FELIZ.
jueves, 8 de marzo de 2012
LA PRINCESITA
La niña rubia es el prototipo de princesita, aunque no me agrade este apelativo para las niñas. Las hace débiles y tontas, y las mujeres no somos así. Al menos algunas...¿Pero qué pasa si una nace rubia y guapa como la niña rubia? pues que al final le dije yo lo de princesita. Fue más o menos así: duerme, princesita.
No me gusta que las niñas vayan vestidas de princesa, con lazos ni abalorios en su cuello. No somos árboles de Navidad. Y al final acabé comprándole una chaqueta del color exacto de la pantera rosa. Y unas gafas de sol de Hello Kitty del mismo color para que fuera conjuntada.
Esta misma mañana yo me alisaba el cabello y he hecho lo mismo en el suyo. Me he puesto hidratante en la cara y a ella también. Me he coloreado la cara y a ella también. Me he pintado los labios en el ascensor y a ella le he hecho lo mismo.
Esta tarde veremos La bella durmiente...La niña rubia hubiera podido parecerse a Pocahontas...pero se parece más a Aurora. Pocahontas era yo.
domingo, 26 de febrero de 2012
NANTUCKET
La isla tenía apenas ochenta kilómetros cuadrados, siete mil habitantes, tres mil casas, un museo de la ballena (creado diez años atrás, en 1929), el faro de Brant Point y largas playas donde pasear y dejar las huellas de los zapatos en la arena. Pero, para Dash, lo más atractivo de ese lugar era su nombre sonoro: Nantucket. Decidió trasladarse a vivir allí hacía poco más de un año, cuando dio por finalizada su carrera como escritor, mientras que la de Lilly comenzaba a tomar velocidad de crucero tras el estreno exitoso de sus primeras obras de teatro. No creyó que la perjudicara arrastrándola a habitar entre gaviotas y peñascos. Apenas cuarenta kilómetros separaban la isla de Cape Cod en barco, y también estaban cerca de Nueva York y sus teatros de Broadway donde estrenaban las creaciones de Lillian.
Dash se sentía cómodo en ese aislamiento.
El año pasado, tal día como hoy, abrí el correo a media tarde. Lo que encontré en la bandeja de entrada me dejó sorprendida. Era una felicitación por haber quedado finalistas a un premio literario. Lo primero que pensé fue en llamar al coautor de la novela que enviamos justo el mismo día en que acababa el 2010. Esperé un poco y fumé un cigarrillo. Hacía tiempo que no hablaba con él. Al final cogí el móvil, busqué su nombre en la lista de contactos y apreté el botón verde de la llamada. Saltó el contestador, cómo no, y colgué. Le escribí un mensaje corto: llámame, es importante. Luego hablé con mis padres, mis hermanos, mi hija, mi amiga la Bruji.Y con Mary Kate. Nos reímos, me felicitaron…y volvió el silencio a mi ático.
En ese momento de calma recordé todo lo que había significado para mí D & L. Durante un año conseguí mantener en vilo a mis lectores. En cada capítulo de la novela a términos había puesto palabras y sentimientos a un grupo de personajes que creamos entre todos. No fue fácil para mí pero el ánimo de todos los que me leían me ayudaba a seguir. Logré acabar la novela y descansé. Como Lillian cuando ponía el punto final a una de sus obras de teatro.
Escribiendo me reí, discutí con el corrector, sufrí, pero disfruté de cada escena, de cada palabra. Me había costado pero lo conseguí. Perseverancia lo llaman algunos. Quizá sí. Nunca dejo nada a medias, inacabado. Todo debe de tener su principio, su nudo y su desenlace.
Al cabo de una hora me llamó el corrector. Le di la notícia y hablamos unos minutos. Después se hizo el silencio otra vez en el ático y me levanté para hacer la cena. Sonreí.
En la vida todo tiene también su principio, su nudo y su desenlace. Creo que yo aún estoy en la fase nudo. Falta un desenlace. Todo llegará. Y volveré a marcar los teléfonos de mis padres, de mis hermanos, de mi hija, de mi amiga la Bruji, de Mary Kate, para decirles que esta vez va en serio, que ya lo tenemos. Y Dash y Lilly serán eternos y con ellos los personajes que les acompañaron en esa isla de apenas ochenta metros cuadrados de sonoro nombre: Nantucket.
Valió la pena, corrector.
Dash se sentía cómodo en ese aislamiento.
El año pasado, tal día como hoy, abrí el correo a media tarde. Lo que encontré en la bandeja de entrada me dejó sorprendida. Era una felicitación por haber quedado finalistas a un premio literario. Lo primero que pensé fue en llamar al coautor de la novela que enviamos justo el mismo día en que acababa el 2010. Esperé un poco y fumé un cigarrillo. Hacía tiempo que no hablaba con él. Al final cogí el móvil, busqué su nombre en la lista de contactos y apreté el botón verde de la llamada. Saltó el contestador, cómo no, y colgué. Le escribí un mensaje corto: llámame, es importante. Luego hablé con mis padres, mis hermanos, mi hija, mi amiga la Bruji.Y con Mary Kate. Nos reímos, me felicitaron…y volvió el silencio a mi ático.
En ese momento de calma recordé todo lo que había significado para mí D & L. Durante un año conseguí mantener en vilo a mis lectores. En cada capítulo de la novela a términos había puesto palabras y sentimientos a un grupo de personajes que creamos entre todos. No fue fácil para mí pero el ánimo de todos los que me leían me ayudaba a seguir. Logré acabar la novela y descansé. Como Lillian cuando ponía el punto final a una de sus obras de teatro.
Escribiendo me reí, discutí con el corrector, sufrí, pero disfruté de cada escena, de cada palabra. Me había costado pero lo conseguí. Perseverancia lo llaman algunos. Quizá sí. Nunca dejo nada a medias, inacabado. Todo debe de tener su principio, su nudo y su desenlace.
Al cabo de una hora me llamó el corrector. Le di la notícia y hablamos unos minutos. Después se hizo el silencio otra vez en el ático y me levanté para hacer la cena. Sonreí.
En la vida todo tiene también su principio, su nudo y su desenlace. Creo que yo aún estoy en la fase nudo. Falta un desenlace. Todo llegará. Y volveré a marcar los teléfonos de mis padres, de mis hermanos, de mi hija, de mi amiga la Bruji, de Mary Kate, para decirles que esta vez va en serio, que ya lo tenemos. Y Dash y Lilly serán eternos y con ellos los personajes que les acompañaron en esa isla de apenas ochenta metros cuadrados de sonoro nombre: Nantucket.
Valió la pena, corrector.
lunes, 6 de febrero de 2012
LA CAMA
Mi amiga la Bruji me explicó un día que si enseñas la casa a los invitados hay que tener los dedos cruzados, para ahuyentar posibles envidias…O a colgar un espejo justo en la entrada, para que todo lo negativo se quede en el rellano de la puerta…Para eso es una bruja, buena, pero bruja.Ayer me dijeron: Emily, aún no has visto mi habitación…Pelirroja, deberías haber seguido el consejo de cruzar los dedos ante mi presencia. Aquella habitación que me mostraban estaba hecha para el amor. Sí, claro, también se puede dormir en ella, o escribir un relato vecinal una mañana de domingo mientras en el exterior caen copos de nieve. Pero como me decía mi madre: Emily, a ti la picardía no te dejó crecer. Y si veo una cama siempre pienso en lo mismo, ya saben. Aquella cama invitaba a tirarse en ella, como dijo una aprendiz de costurera momentos más tarde. Sí, a tirarse en ella y que haya alguien esperándote, pensé.
Mi amiga la Bruji se reía de mí porque una vez le conté un chiste. Más o menos era así: una pareja se casa sin consumar su amor antes de tiempo. Él era delgado, muy delgado. La noche de bodas apagan la luz, por timidez, supongo. Cuando el recién casado se tira en la cama haciendo el salto del tigre, ella grita contrariada: ¡cariño, enciende la luz que se me ha caído el crucifijo encima! Espero que se entienda. Como en la época que le conté el chiste a mi amiga yo salía con un chico delgado, muy delgado, ella se mofaba de mí y me decía: a ti lo que te va caer es el Santo Cristo encima si apagáis la luz…Porque si a mí la picardía no me dejó crecer a ella le ocurrió lo mismo.
Como normalmente los lunes hago limpieza general de la casa, le he echado un vistazo a mi habitación. Y he llegado a la conclusión de que mi dormitorio es el de una monja. No hay crucifijo pero es austera como una celda monacal: Sólo hay una cama, una lámpara que reposa en el suelo de madera sin una triste mesita de noche, una cómoda de metal donde guardo la ropa interior y una mesa de color rojo y sobre ella tres fotos: una de la niña rubia sonriendo, una mía junto a Paula, mi otra sobrina, en Sitges el verano pasado y la de mi tío Joan. Hay también una caja de madera que espera una restauración a fondo y dos carpetas con dos proyectos que más pronto o más tarde se realizarán. Y un perfume que huele a naranjas, nada sensual.
Pero cuando me acuesto en mi cama acompañada de Bruc y apago la luz para dormir (el perro me hace la vida imposible si quiero leer un ratito) le digo al oído: ¿tampoco estamos tan mal, no? Y él me responde suspirando profundamente como si me dijera: estamos bién, ahora durmamos un poco. Y sonrío porque los dos formamos un 44 perfecto.
jueves, 26 de enero de 2012
CAFÉ VOLUTO, CAFÉ PERDUTO

Dicen que por la crisis económica que estamos viviendo, los hijos vuelven a casa de los padres porque no pueden seguir pagando el alquiler de su piso. ¿Pero qué pasa si ocurre lo contrario, que una madre (yo) se vaya a vivir con su hija?
Los que me leéis ya sabéis la verdadera relación que tengo con la que yo llamo mi hija ficticia. Mi madre me dejó sostenerla un ratito cuando ella tenía cuatro meses y yo diecisiete años. Tiene la suerte (o desgracia, según cómo se mire) de tener tres madres. La verdadera, su madre. Una segunda, mi madre. Y una tercera, moi même, que ahora miro de cuidarla en todo lo que puedo.
Nos vemos poco. Pero cuando Bruc levanta su cabeza en señal de alerta y no ladra, pienso: es ella. Y entra un torbellino por la puerta con la forma de una chica guapa y con ella la alegría. Unas veces sólo tiene tiempo para un café y se levanta de un salto del sofá cuando empieza a hervir la cafetera con un: café voluto, café perduto! Otras almuerza en casa y agradece los macarrones de atún que yo he preparado. A cambio ella comparte sus galletas conmigo. Si cuando regresa a casa por la noche yo aún estoy despierta, me levanto de la cama y fumamos un cigarrillo mientras ella me explica cómo le ha ido el día o lo que soñó la noche anterior. Yo la escucho mientras lío un cigarrillo buscando una posible explicación a lo surrealista de sus relatos. Si alguna vez deja una bolsita de té en un lugar inadecuado, le cuento un capítulo de Sexo en Nueva York en el que un personaje de la serie hacía lo mismo que ella y la amenazo con hacer un post sobre el tema. Ella me levanta una ceja como respuesta.
Algunos días se olvida de tender la ropa de la lavadora. Cuando me dispongo a lavar las sábanas, sus miles de calcetines esperan ser tendidos y los miro compasiva. Tengo la manía de que todos ellos han de tenderse por parejas. Cosas mías. Cuando veo que un calcetín está sin pareja, me entristezco. El mundo debería de estar emparejado. Entonces tengo la tentación de enviarle un sms para decirle: ¿te quedan calcetines?, en broma. Pero me abstengo. En un antiguo post ya expuse mi teoría sobre la ropa interior y el amor: quieres de verdad a alguien si cuando tiendes unos calzoncillos te enterneces. Y eso me pasa a mí al colgar su ropa en la galería. Cuando la colada está seca, la doblo y vuelvo a emparejar sus calcetines. Y vuelvo a entristecerme si alguno de ellos ha perdido a su igual.
El lunes volví a casa después de unos días perfectos en el sur. Dos prendas de mi ropa interior estaban dobladas sobre la cama. Quiero pensar que lo hizo con el mismo cariño que yo le tengo a ella. A ella, a sus calcetines sin pareja y a sus bolsitas de té.
Los que me leéis ya sabéis la verdadera relación que tengo con la que yo llamo mi hija ficticia. Mi madre me dejó sostenerla un ratito cuando ella tenía cuatro meses y yo diecisiete años. Tiene la suerte (o desgracia, según cómo se mire) de tener tres madres. La verdadera, su madre. Una segunda, mi madre. Y una tercera, moi même, que ahora miro de cuidarla en todo lo que puedo.
Nos vemos poco. Pero cuando Bruc levanta su cabeza en señal de alerta y no ladra, pienso: es ella. Y entra un torbellino por la puerta con la forma de una chica guapa y con ella la alegría. Unas veces sólo tiene tiempo para un café y se levanta de un salto del sofá cuando empieza a hervir la cafetera con un: café voluto, café perduto! Otras almuerza en casa y agradece los macarrones de atún que yo he preparado. A cambio ella comparte sus galletas conmigo. Si cuando regresa a casa por la noche yo aún estoy despierta, me levanto de la cama y fumamos un cigarrillo mientras ella me explica cómo le ha ido el día o lo que soñó la noche anterior. Yo la escucho mientras lío un cigarrillo buscando una posible explicación a lo surrealista de sus relatos. Si alguna vez deja una bolsita de té en un lugar inadecuado, le cuento un capítulo de Sexo en Nueva York en el que un personaje de la serie hacía lo mismo que ella y la amenazo con hacer un post sobre el tema. Ella me levanta una ceja como respuesta.
Algunos días se olvida de tender la ropa de la lavadora. Cuando me dispongo a lavar las sábanas, sus miles de calcetines esperan ser tendidos y los miro compasiva. Tengo la manía de que todos ellos han de tenderse por parejas. Cosas mías. Cuando veo que un calcetín está sin pareja, me entristezco. El mundo debería de estar emparejado. Entonces tengo la tentación de enviarle un sms para decirle: ¿te quedan calcetines?, en broma. Pero me abstengo. En un antiguo post ya expuse mi teoría sobre la ropa interior y el amor: quieres de verdad a alguien si cuando tiendes unos calzoncillos te enterneces. Y eso me pasa a mí al colgar su ropa en la galería. Cuando la colada está seca, la doblo y vuelvo a emparejar sus calcetines. Y vuelvo a entristecerme si alguno de ellos ha perdido a su igual.
El lunes volví a casa después de unos días perfectos en el sur. Dos prendas de mi ropa interior estaban dobladas sobre la cama. Quiero pensar que lo hizo con el mismo cariño que yo le tengo a ella. A ella, a sus calcetines sin pareja y a sus bolsitas de té.
lunes, 16 de enero de 2012
LA PALOMA Y EL BOTIJO
¡Paloma, cazadores! A mí qué me importa, respondía la paloma, en mi casa tengo un botijo...En el instituto, mis compañeros de clase y yo misma, tuvimos la suerte de tener un compañero imitador de personajes y contador de chistes. Creo que se llamaba José Luís, un tipo extraño, nacido en la meseta. Era poco agraciado físicamente, pero compensaba su falta de atractivo con su don especial para hacer reír a los demás. Había días que los chicos de la clase convencían al profesor de matemáticas para que dejáramos atrás los problemas y las ecuaciones a un lado y permitiera a José Luís que se sentara frente a los alumnos y nos hiciera reír un ratito. El profesor era benevolente y en el último cuarto de hora de la clase lo dejaba salir a escena. Un día nos contó el chiste de la paloma y el botijo. La gente se rió. Yo no. No lo entendí y nunca pregunté su significado. Tres años más tarde me encontré con el contador de chistes en un concierto. Aquel día le pregunté sobre el chiste de la paloma. Me contestó: ¿aún vas con eso? Verás, el chiste tiene su gracia porque es absurdo. O lo que es lo mismo, no tenía explicación posible.
Me había estrujado la cabeza con un chiste que no tenía explicación. Pero ahora, muchos años después, lo utilizo para avisarme de los cazadores que hay al acecho. Para mí los cazadores son los fantasmas pasados que van y vienen para hundirme en un pozo. Y estos días una voz interior vuelve con el chiste: Paloma, ¡cazadores! y sé que he de responder: a mí qué me importa, en mi casa tengo un botijo.
Ahora os cuento a qué viene todo esto. Pronto cumpliré 5 años de blog. Normalmente y para celebrarlo, si es que hay algo que celebrar, (creo que sí), hago un repaso de lo que he publicado en un año, tomando la fecha del 31 de enero como partida. Y he llegado a la conclusión de la falta de sinceridad en mis escritos. Es el momento de que airee un poquito mi blog y me sincere.
Todo empezó hace dos veranos. Los cazadores eran muchas cosas: una discusión. Unos lazos que me ataban y no podía cortar. Un estado físico lamentable unido a una anemia perniciosa. Demasiado silencio interior y pocas ganas de enfrentarme a los cazadores invisibles. Me levantaba, me tomaba un café o un té, y me fumaba un cigarrillo. Luego volvía a la cama y me dormía. Durmiendo era feliz. En mi habitación estaba a salvo de todo. Hasta que sonaba el teléfono. Era mi madre avisándome de que la comida ya estaba en la mesa. Me duchaba y sacaba a pasear a Bruc, mi compañero silencioso y cómplice. Después de comer regresaba a casa y volvía a acostarme. Durmiendo era feliz. En mi habitación estaba a salvo de los fantasmas.
Pero llega un momento en que tienes que reconocer (primero a ti misma y luego a los demás) que ha llegado el momento de pedir ayuda. Y eso hice. Hablé con mi hermana Sumpta, con ella todo me resulta más fácil. Ella, su marido y mi sobrina Paula se comprometieron a ayudarme. El paso ya estaba dado. Una simple llamada telefónica y una cita.
Continuará. Prometo ser sincera y abrir la ventana para dejar entrar aire. Reconozco que soy una paloma y que sí, que en mi casa tengo un botijo.
viernes, 13 de enero de 2012
CAPUTXETA VERMELLA
jueves, 17 de noviembre de 2011
LA PLAÇA DEL DIAMANT

Ayer por la tarde regresaba deprisa a casa con cosas importantes que hacer. En una bolsa de papel llevaba un perro de trapo, unas cintas recién compradas en Mokuba, una colcha de patchwork en miniatura para que la niña rubia arrope a sus muñecos…cuando le ví. Estaba sentado en el Canigó, compartiendo mesa y café con unos amigos mientras jugaban al dómino. Parecía ajeno a las conversaciones de los jóvenes que ahora se han adueñado del bar. Se le veía concentrado para ganar la partida. Aceleré el paso para que no me viera.
Pero esta mañana al cruzar la Plaça del Diamant le he vuelto a ver. Estaba sentado en un banco disfrutando del sol, con las manos en los bolsillos de su abrigo gris. Parecía esperarme, como si supiera que cada día cruzo esta mítica plaza cuando paseo a Bruc. Me he sentado a su lado haciendo caso a su gesto de dar dos golpes en el asiento.
-¿Qué tal te va? –me ha preguntado el Creador.
-Bien –le he respondido.
Creí que ya no nos volveríamos a ver hasta dentro de dos años, cuando se agote el plazo que me dio para que le demostrara que no se equivocó al elegirme.
-No esperaba encontrarte por aquí…
-Ya ves. Me verás cuando menos te lo esperes. Al menos dime que te alegras de verme.
-Me alegro de verte.
-Cuéntame qué haces, en qué ocupas las horas del día.
-Pero si ya lo sabes…
-Quiero que me lo cuentes.
Le he contado lo que hago. Busco trabajo. Coso, paseo al perro, escribo…y cuando escribir se me hace doloroso, ato al perro otra vez y paseo sin rumbo para no desmoralizarme. Hay días en que me siento inútil y otros en que parezco feliz.
-Dime por qué has venido.
-Elegí esta ciudad porque creí que aquí podría demostrarte lo que soy. Confía un poco más en mí.
-¿Sabes que hay quien cree que tenías otra razón para venir aquí?
-Sí, lo sé. Sé a que te refieres, pero me importa poco. O quizá no quiero reconocer que me duele lo que piensen los demás. Abandoné lo que más quería en este mundo para venir aquí. Y quizá no hay nada ni nadie que me lo compense. Mi hermano lo sabe y a veces me envía vídeos de la niña rubia que visiono una y otra vez cuando la añoro.
-Venga, anímate. Pronto la verás. Sólo debes dejar pasar los días, pero prométeme que trabajarás en tus proyectos.
He asentido con la cabeza, incapaz ya de seguir hablando. Me chispeaban los ojos y no quiero llorar. Me ha cogido de la mano y la ha apretado.
-Sigue con tu paseo. Estaré a tu lado cuando me necesites. Sólo tienes que silbar. ¿Sabes silbar?
He silbado y ha venido hacia nosotros un dálmata con una pelota de tenis en la boca. Nos hemos reído. Me he levantado y he dudado en darle dos besos en las mejillas. Hay quien cree que no me gusta besar. Se equivocan. El Creador ha vuelto a cogerme de la mano, apretando fuerte. Lo necesitaba.
martes, 1 de noviembre de 2011
CUENTOS

“Hay días malos en la vida. Son verdaderamente malos, efectivamente. ¿Y qué pasa entonces? Pues pasa que me meto debajo de la cama. Eso pasa, efectivamente.” Bernardo Atxaga.
Hay días en los que, como Shola, la perrita de Bernardo Atxaga, tengo un día malo y dos opciones: una, meterme en la cama. Otra, sacar a Bruc a pasear. Lo más inteligente es elegir la segunda y es lo que hago. Si me dejo vencer por una mala noticia y un día triste, anem malament...
Ato la correa a Bruc y buscamos alguna plaza en la que podamos ver cómo se divierten alguno de los congéneres de mi perro. Bruc se ha adaptado bien a la gran ciudad, pero sigue con su actitud faldera. En lugar de jugar con amigos nuevos prefiere sentarse a mi lado en un banco y observarlos a una distancia prudencial, por si acaso.
Una perra delgada viene a saludarnos. Lleva algo en la boca que los demás perros quieren poseer. Pero ella es más lista y no consiguen quitárselo. Quizá un hueso o un pájaro muerto. Finalmente los perseguidores la dejan tranquila, y se tumba con su tesoro entre las fauces para disfrutarlo con calma. Bruc me mira como si me dijera: aquí todos parecen estar mal de la cabeza. Le rasco la cabeza y me acuerdo de la última tarde de domingo cuando, haciendo compañía a mi padre en la clínica, mamá nos contó de nuevo el cuento de El llop i la rabosa. Mi hermana B. se lo había pedido. Era un relato que se contaba en casa de mis abuelos cuando alguno de sus hijos no quería comer. Es curioso, ya que los cuentos en casa se contaban a los niños sin apetito. Nunca al ir a dormir. Los acostaban y punto. Mamá empezó a relatarlo:
“Una vegada va fer molt fred. Tant va nevar a les muntanyes que els animals baixaven a la plana en busca d’alguna cosa per omplir l’estómac buit. I com lo sinyo Vicent era un despistat, que sempre se dixava la porta oberta, la rabosa va aprofitar per entrar fins al rebost sense fer soroll i va pispar un tros de formatge…”
-Mama, no anava així…-es B. quien habla. Empieza una pequeña discusión entre los que creen que hay que dejar seguir al cuentista aunque se equivoque (más pronto o más tarde se dará cuenta de su error) o los que opinan que hay que corregirlo antes de proseguir el relato –no era la rabosa la que va baixar a buscar menjar, era el llop.
Mi madre le da la razón y donde he escrito rabosa, ahora es un lobo. Mi padre escucha atentamente el cuento, acostado en su cama como un niño enfermo que se aburre.
“Pos com vos dia. Lo llop se’n va tornar cap a les muntanyes i de camí es va trobar una rabosa”
Ahora B. dice que sí con la cabeza.
“…la rabosa tenia gana i per prendre-li el tros de formatge al llop li va començar a fer preguntes: llop, llobet, quin fred que fa…lo llop li dia que sí amb lo cap, per no obrir la boca. Que vas cap amunt? I lo llop que sí amb lo cap. Que me’n donaries un trosset d’este formatget que dus? I lo llop que no amb el cap. Finalment, la rabosa li va preguntar: I d’on ets, llobet? I el llop, una mica borinot, li va dir: d’Albocàsser. A l’obrir la boca per dir Albocàààààsser, lo tros de formatge va caure en terra. La rabosa, més llesta que ell, li va agafar. Lo llop en vore lo que havia passat li va preguntar a la rabosa, i tu d’on ets? la raboseta li va dir: de Tíriiiiiiiiig. I la rabosa se’n va anar amb lo formatge a la boca, corrents abans no l’agafés lo llop.”
Si queréis saber dónde está la gracia del cuento, coged un trozo de queso entre los dientes y decid en voz alta Albocàsser o Tírig. Y sabréis por qué al lobo se le cayó el queso y a la rabosa no.
Papa, espero que visques molts anys i d’aquí a poquet te pugue contar un conte molt bonic. La B. no podrà interromprer, ja que no el sap.
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