domingo, 26 de febrero de 2012

NANTUCKET

La isla tenía apenas ochenta kilómetros cuadrados, siete mil habitantes, tres mil casas, un museo de la ballena (creado diez años atrás, en 1929), el faro de Brant Point y largas playas donde pasear y dejar las huellas de los zapatos en la arena. Pero, para Dash, lo más atractivo de ese lugar era su nombre sonoro: Nantucket. Decidió trasladarse a vivir allí hacía poco más de un año, cuando dio por finalizada su carrera como escritor, mientras que la de Lilly comenzaba a tomar velocidad de crucero tras el estreno exitoso de sus primeras obras de teatro. No creyó que la perjudicara arrastrándola a habitar entre gaviotas y peñascos. Apenas cuarenta kilómetros separaban la isla de Cape Cod en barco, y también estaban cerca de Nueva York y sus teatros de Broadway donde estrenaban las creaciones de Lillian.

Dash se sentía cómodo en ese aislamiento.

El año pasado, tal día como hoy, abrí el correo a media tarde. Lo que encontré en la bandeja de entrada me dejó sorprendida. Era una felicitación por haber quedado finalistas a un premio literario. Lo primero que pensé fue en llamar al coautor de la novela que enviamos justo el mismo día en que acababa el 2010. Esperé un poco y fumé un cigarrillo. Hacía tiempo que no hablaba con él. Al final cogí el móvil, busqué su nombre en la lista de contactos y apreté el botón verde de la llamada. Saltó el contestador, cómo no, y colgué. Le escribí un mensaje corto: llámame, es importante. Luego hablé con mis padres, mis hermanos, mi hija, mi amiga la Bruji.Y con Mary Kate. Nos reímos, me felicitaron…y volvió el silencio a mi ático.

En ese momento de calma recordé todo lo que había significado para mí D & L. Durante un año conseguí mantener en vilo a mis lectores. En cada capítulo de la novela a términos había puesto palabras y sentimientos a un grupo de personajes que creamos entre todos. No fue fácil para mí pero el ánimo de todos los que me leían me ayudaba a seguir. Logré acabar la novela y descansé. Como Lillian cuando ponía el punto final a una de sus obras de teatro.

Escribiendo me reí, discutí con el corrector, sufrí, pero disfruté de cada escena, de cada palabra. Me había costado pero lo conseguí. Perseverancia lo llaman algunos. Quizá sí. Nunca dejo nada a medias, inacabado. Todo debe de tener su principio, su nudo y su desenlace.

Al cabo de una hora me llamó el corrector. Le di la notícia y hablamos unos minutos. Después se hizo el silencio otra vez en el ático y me levanté para hacer la cena. Sonreí.

En la vida todo tiene también su principio, su nudo y su desenlace. Creo que yo aún estoy en la fase nudo. Falta un desenlace. Todo llegará. Y volveré a marcar los teléfonos de mis padres, de mis hermanos, de mi hija, de mi amiga la Bruji, de Mary Kate, para decirles que esta vez va en serio, que ya lo tenemos. Y Dash y Lilly serán eternos y con ellos los personajes que les acompañaron en esa isla de apenas ochenta metros cuadrados de sonoro nombre: Nantucket.

Valió la pena, corrector.

lunes, 6 de febrero de 2012

LA CAMA





Mi amiga la Bruji me explicó un día que si enseñas la casa a los invitados hay que tener los dedos cruzados, para ahuyentar posibles envidias…O a colgar un espejo justo en la entrada, para que todo lo negativo se quede en el rellano de la puerta…Para eso es una bruja, buena, pero bruja.
Ayer me dijeron: Emily, aún no has visto mi habitación…Pelirroja, deberías haber seguido el consejo de cruzar los dedos ante mi presencia. Aquella habitación que me mostraban estaba hecha para el amor. Sí, claro, también se puede dormir en ella, o escribir un relato vecinal una mañana de domingo mientras en el exterior caen copos de nieve. Pero como me decía mi madre: Emily, a ti la picardía no te dejó crecer. Y si veo una cama siempre pienso en lo mismo, ya saben. Aquella cama invitaba a tirarse en ella, como dijo una aprendiz de costurera momentos más tarde. Sí, a tirarse en ella y que haya alguien esperándote, pensé.
Mi amiga la Bruji se reía de mí porque una vez le conté un chiste. Más o menos era así: una pareja se casa sin consumar su amor antes de tiempo. Él era delgado, muy delgado. La noche de bodas apagan la luz, por timidez, supongo. Cuando el recién casado se tira en la cama haciendo el salto del tigre, ella grita contrariada: ¡cariño, enciende la luz que se me ha caído el crucifijo encima! Espero que se entienda. Como en la época que le conté el chiste a mi amiga yo salía con un chico delgado, muy delgado, ella se mofaba de mí y me decía: a ti lo que te va caer es el Santo Cristo encima si apagáis la luz…Porque si a mí la picardía no me dejó crecer a ella le ocurrió lo mismo.
Como normalmente los lunes hago limpieza general de la casa, le he echado un vistazo a mi habitación. Y he llegado a la conclusión de que mi dormitorio es el de una monja. No hay crucifijo pero es austera como una celda monacal: Sólo hay una cama, una lámpara que reposa en el suelo de madera sin una triste mesita de noche, una cómoda de metal donde guardo la ropa interior y una mesa de color rojo y sobre ella tres fotos: una de la niña rubia sonriendo, una mía junto a Paula, mi otra sobrina, en Sitges el verano pasado y la de mi tío Joan. Hay también una caja de madera que espera una restauración a fondo y dos carpetas con dos proyectos que más pronto o más tarde se realizarán. Y un perfume que huele a naranjas, nada sensual.
Pero cuando me acuesto en mi cama acompañada de Bruc y apago la luz para dormir (el perro me hace la vida imposible si quiero leer un ratito) le digo al oído: ¿tampoco estamos tan mal, no? Y él me responde suspirando profundamente como si me dijera: estamos bién, ahora durmamos un poco. Y sonrío porque los dos formamos un 44 perfecto.



jueves, 26 de enero de 2012

CAFÉ VOLUTO, CAFÉ PERDUTO



Dicen que por la crisis económica que estamos viviendo, los hijos vuelven a casa de los padres porque no pueden seguir pagando el alquiler de su piso. ¿Pero qué pasa si ocurre lo contrario, que una madre (yo) se vaya a vivir con su hija?
Los que me leéis ya sabéis la verdadera relación que tengo con la que yo llamo mi hija ficticia. Mi madre me dejó sostenerla un ratito cuando ella tenía cuatro meses y yo diecisiete años. Tiene la suerte (o desgracia, según cómo se mire) de tener tres madres. La verdadera, su madre. Una segunda, mi madre. Y una tercera, moi même, que ahora miro de cuidarla en todo lo que puedo.
Nos vemos poco. Pero cuando Bruc levanta su cabeza en señal de alerta y no ladra, pienso: es ella. Y entra un torbellino por la puerta con la forma de una chica guapa y con ella la alegría. Unas veces sólo tiene tiempo para un café y se levanta de un salto del sofá cuando empieza a hervir la cafetera con un: café voluto, café perduto! Otras almuerza en casa y agradece los macarrones de atún que yo he preparado. A cambio ella comparte sus galletas conmigo. Si cuando regresa a casa por la noche yo aún estoy despierta, me levanto de la cama y fumamos un cigarrillo mientras ella me explica cómo le ha ido el día o lo que soñó la noche anterior. Yo la escucho mientras lío un cigarrillo buscando una posible explicación a lo surrealista de sus relatos. Si alguna vez deja una bolsita de té en un lugar inadecuado, le cuento un capítulo de Sexo en Nueva York en el que un personaje de la serie hacía lo mismo que ella y la amenazo con hacer un post sobre el tema. Ella me levanta una ceja como respuesta.
Algunos días se olvida de tender la ropa de la lavadora. Cuando me dispongo a lavar las sábanas, sus miles de calcetines esperan ser tendidos y los miro compasiva. Tengo la manía de que todos ellos han de tenderse por parejas. Cosas mías. Cuando veo que un calcetín está sin pareja, me entristezco. El mundo debería de estar emparejado. Entonces tengo la tentación de enviarle un sms para decirle: ¿te quedan calcetines?, en broma. Pero me abstengo. En un antiguo post ya expuse mi teoría sobre la ropa interior y el amor: quieres de verdad a alguien si cuando tiendes unos calzoncillos te enterneces. Y eso me pasa a mí al colgar su ropa en la galería. Cuando la colada está seca, la doblo y vuelvo a emparejar sus calcetines. Y vuelvo a entristecerme si alguno de ellos ha perdido a su igual.
El lunes volví a casa después de unos días perfectos en el sur. Dos prendas de mi ropa interior estaban dobladas sobre la cama. Quiero pensar que lo hizo con el mismo cariño que yo le tengo a ella. A ella, a sus calcetines sin pareja y a sus bolsitas de té.

lunes, 16 de enero de 2012

LA PALOMA Y EL BOTIJO

¡Paloma, cazadores! A mí qué me importa, respondía la paloma, en mi casa tengo un botijo...
En el instituto, mis compañeros de clase y yo misma, tuvimos la suerte de tener un compañero imitador de personajes y contador de chistes. Creo que se llamaba José Luís, un tipo extraño, nacido en la meseta. Era poco agraciado físicamente, pero compensaba su falta de atractivo con su don especial para hacer reír a los demás. Había días que los chicos de la clase convencían al profesor de matemáticas para que dejáramos atrás los problemas y las ecuaciones a un lado y permitiera a José Luís que se sentara frente a los alumnos y nos hiciera reír un ratito. El profesor era benevolente y en el último cuarto de hora de la clase lo dejaba salir a escena. Un día nos contó el chiste de la paloma y el botijo. La gente se rió. Yo no. No lo entendí y nunca pregunté su significado. Tres años más tarde me encontré con el contador de chistes en un concierto. Aquel día le pregunté sobre el chiste de la paloma. Me contestó: ¿aún vas con eso? Verás, el chiste tiene su gracia porque es absurdo. O lo que es lo mismo, no tenía explicación posible.
Me había estrujado la cabeza con un chiste que no tenía explicación. Pero ahora, muchos años después, lo utilizo para avisarme de los cazadores que hay al acecho. Para mí los cazadores son los fantasmas pasados que van y vienen para hundirme en un pozo. Y estos días una voz interior vuelve con el chiste: Paloma, ¡cazadores! y sé que he de responder: a mí qué me importa, en mi casa tengo un botijo.
Ahora os cuento a qué viene todo esto. Pronto cumpliré 5 años de blog. Normalmente y para celebrarlo, si es que hay algo que celebrar, (creo que sí), hago un repaso de lo que he publicado en un año, tomando la fecha del 31 de enero como partida. Y he llegado a la conclusión de la falta de sinceridad en mis escritos. Es el momento de que airee un poquito mi blog y me sincere.
Todo empezó hace dos veranos. Los cazadores eran muchas cosas: una discusión. Unos lazos que me ataban y no podía cortar. Un estado físico lamentable unido a una anemia perniciosa. Demasiado silencio interior y pocas ganas de enfrentarme a los cazadores invisibles. Me levantaba, me tomaba un café o un té, y me fumaba un cigarrillo. Luego volvía a la cama y me dormía. Durmiendo era feliz. En mi habitación estaba a salvo de todo. Hasta que sonaba el teléfono. Era mi madre avisándome de que la comida ya estaba en la mesa. Me duchaba y sacaba a pasear a Bruc, mi compañero silencioso y cómplice. Después de comer regresaba a casa y volvía a acostarme. Durmiendo era feliz. En mi habitación estaba a salvo de los fantasmas.
Pero llega un momento en que tienes que reconocer (primero a ti misma y luego a los demás) que ha llegado el momento de pedir ayuda. Y eso hice. Hablé con mi hermana Sumpta, con ella todo me resulta más fácil. Ella, su marido y mi sobrina Paula se comprometieron a ayudarme. El paso ya estaba dado. Una simple llamada telefónica y una cita.
Continuará. Prometo ser sincera y abrir la ventana para dejar entrar aire. Reconozco que soy una paloma y que sí, que en mi casa tengo un botijo.





viernes, 13 de enero de 2012

CAPUTXETA VERMELLA

ELL: Maria, tu sempre obres la porta sense preguntar qui és? I si és el lobo feroz?
ELLA: Millor!
(Riures)

jueves, 17 de noviembre de 2011

LA PLAÇA DEL DIAMANT








Ayer por la tarde regresaba deprisa a casa con cosas importantes que hacer. En una bolsa de papel llevaba un perro de trapo, unas cintas recién compradas en Mokuba, una colcha de patchwork en miniatura para que la niña rubia arrope a sus muñecos…cuando le ví. Estaba sentado en el Canigó, compartiendo mesa y café con unos amigos mientras jugaban al dómino. Parecía ajeno a las conversaciones de los jóvenes que ahora se han adueñado del bar. Se le veía concentrado para ganar la partida. Aceleré el paso para que no me viera.
Pero esta mañana al cruzar la Plaça del Diamant le he vuelto a ver. Estaba sentado en un banco disfrutando del sol, con las manos en los bolsillos de su abrigo gris. Parecía esperarme, como si supiera que cada día cruzo esta mítica plaza cuando paseo a Bruc. Me he sentado a su lado haciendo caso a su gesto de dar dos golpes en el asiento.
-¿Qué tal te va? –me ha preguntado el Creador.
-Bien –le he respondido.
Creí que ya no nos volveríamos a ver hasta dentro de dos años, cuando se agote el plazo que me dio para que le demostrara que no se equivocó al elegirme.
-No esperaba encontrarte por aquí…
-Ya ves. Me verás cuando menos te lo esperes. Al menos dime que te alegras de verme.
-Me alegro de verte.
-Cuéntame qué haces, en qué ocupas las horas del día.
-Pero si ya lo sabes…
-Quiero que me lo cuentes.
Le he contado lo que hago. Busco trabajo. Coso, paseo al perro, escribo…y cuando escribir se me hace doloroso, ato al perro otra vez y paseo sin rumbo para no desmoralizarme. Hay días en que me siento inútil y otros en que parezco feliz.
-Dime por qué has venido.
-Elegí esta ciudad porque creí que aquí podría demostrarte lo que soy. Confía un poco más en mí.
-¿Sabes que hay quien cree que tenías otra razón para venir aquí?
-Sí, lo sé. Sé a que te refieres, pero me importa poco. O quizá no quiero reconocer que me duele lo que piensen los demás. Abandoné lo que más quería en este mundo para venir aquí. Y quizá no hay nada ni nadie que me lo compense. Mi hermano lo sabe y a veces me envía vídeos de la niña rubia que visiono una y otra vez cuando la añoro.
-Venga, anímate. Pronto la verás. Sólo debes dejar pasar los días, pero prométeme que trabajarás en tus proyectos.
He asentido con la cabeza, incapaz ya de seguir hablando. Me chispeaban los ojos y no quiero llorar. Me ha cogido de la mano y la ha apretado.
-Sigue con tu paseo. Estaré a tu lado cuando me necesites. Sólo tienes que silbar. ¿Sabes silbar?
He silbado y ha venido hacia nosotros un dálmata con una pelota de tenis en la boca. Nos hemos reído. Me he levantado y he dudado en darle dos besos en las mejillas. Hay quien cree que no me gusta besar. Se equivocan. El Creador ha vuelto a cogerme de la mano, apretando fuerte. Lo necesitaba.

martes, 1 de noviembre de 2011

CUENTOS







“Hay días malos en la vida. Son verdaderamente malos, efectivamente. ¿Y qué pasa entonces? Pues pasa que me meto debajo de la cama. Eso pasa, efectivamente.” Bernardo Atxaga.

Hay días en los que, como Shola, la perrita de Bernardo Atxaga, tengo un día malo y dos opciones: una, meterme en la cama. Otra, sacar a Bruc a pasear. Lo más inteligente es elegir la segunda y es lo que hago. Si me dejo vencer por una mala noticia y un día triste, anem malament...

Ato la correa a Bruc y buscamos alguna plaza en la que podamos ver cómo se divierten alguno de los congéneres de mi perro. Bruc se ha adaptado bien a la gran ciudad, pero sigue con su actitud faldera. En lugar de jugar con amigos nuevos prefiere sentarse a mi lado en un banco y observarlos a una distancia prudencial, por si acaso.

Una perra delgada viene a saludarnos. Lleva algo en la boca que los demás perros quieren poseer. Pero ella es más lista y no consiguen quitárselo. Quizá un hueso o un pájaro muerto. Finalmente los perseguidores la dejan tranquila, y se tumba con su tesoro entre las fauces para disfrutarlo con calma. Bruc me mira como si me dijera: aquí todos parecen estar mal de la cabeza. Le rasco la cabeza y me acuerdo de la última tarde de domingo cuando, haciendo compañía a mi padre en la clínica, mamá nos contó de nuevo el cuento de El llop i la rabosa. Mi hermana B. se lo había pedido. Era un relato que se contaba en casa de mis abuelos cuando alguno de sus hijos no quería comer. Es curioso, ya que los cuentos en casa se contaban a los niños sin apetito. Nunca al ir a dormir. Los acostaban y punto. Mamá empezó a relatarlo:

“Una vegada va fer molt fred. Tant va nevar a les muntanyes que els animals baixaven a la plana en busca d’alguna cosa per omplir l’estómac buit. I com lo sinyo Vicent era un despistat, que sempre se dixava la porta oberta, la rabosa va aprofitar per entrar fins al rebost sense fer soroll i va pispar un tros de formatge…”

-Mama, no anava així…-es B. quien habla. Empieza una pequeña discusión entre los que creen que hay que dejar seguir al cuentista aunque se equivoque (más pronto o más tarde se dará cuenta de su error) o los que opinan que hay que corregirlo antes de proseguir el relato –no era la rabosa la que va baixar a buscar menjar, era el llop.

Mi madre le da la razón y donde he escrito rabosa, ahora es un lobo. Mi padre escucha atentamente el cuento, acostado en su cama como un niño enfermo que se aburre.

“Pos com vos dia. Lo llop se’n va tornar cap a les muntanyes i de camí es va trobar una rabosa”

Ahora B. dice que sí con la cabeza.

“…la rabosa tenia gana i per prendre-li el tros de formatge al llop li va començar a fer preguntes: llop, llobet, quin fred que fa…lo llop li dia que sí amb lo cap, per no obrir la boca. Que vas cap amunt? I lo llop que sí amb lo cap. Que me’n donaries un trosset d’este formatget que dus? I lo llop que no amb el cap. Finalment, la rabosa li va preguntar: I d’on ets, llobet? I el llop, una mica borinot, li va dir: d’Albocàsser. A l’obrir la boca per dir Albocàààààsser, lo tros de formatge va caure en terra. La rabosa, més llesta que ell, li va agafar. Lo llop en vore lo que havia passat li va preguntar a la rabosa, i tu d’on ets? la raboseta li va dir: de Tíriiiiiiiiig. I la rabosa se’n va anar amb lo formatge a la boca, corrents abans no l’agafés lo llop.”

Si queréis saber dónde está la gracia del cuento, coged un trozo de queso entre los dientes y decid en voz alta Albocàsser o Tírig. Y sabréis por qué al lobo se le cayó el queso y a la rabosa no.

Papa, espero que visques molts anys i d’aquí a poquet te pugue contar un conte molt bonic. La B. no podrà interromprer, ja que no el sap.

viernes, 14 de octubre de 2011

BELL, BOOK AND CANDLE








Hoy se han terminado los siete días de vacaciones con los que me había premiado después de muchos meses sin parar. La jornada de hoy ha empezado con la visita anunciada del electricista argentino que venía a cambiar el telefonillo del portero automático. Le he abierto con Bruc en brazos para que supiera que mi hija y yo tenemos un hombre en casa. Fiero y mordedor, por si acaso. Pero cuando he visto que el individuo era guapo me he arrepentido de no haberle encerrado. Es un espanta hombres.

Después de pasear por el barrio a la salchicha que tengo de perro, he vuelto a casa con pocas ganas de trabajar. He hecho la colada, he planchado y cuando ya había disimulado lo bastante para evitar ponerme manos a la obra, he subido las persianas venecianas que nos aíslan de las miradas de los vecinos de enfrente. Aprovecho cualquier excusa para fumar mientras contemplo el patio comunitario y de paso espiar a la familia disfuncional que vive enfrente. Lo de la familia disfuncional son palabras de mi hija. Hoy parecían calmados, quizá porque es viernes.

He esperado un ratito por si aparecía ella, la vecina que vive justo debajo de la familia disfuncional. Me fascina. Suele vestir una bata cruzada de seda, como la que vestía en mi imaginación a Lillian Hellman en Dash y Lilly. Azul y estampada. Es pelirroja y ata sus cabellos con un moño suelto. Me recuerda un poco a una vecina de Blogville. No sé a qué dedica pero lo intuyo. De vez en cuando suena un teléfono –ahora con las ventanas abiertas por culpa de esta primavera de invierno que se resiste a dejar paso al frío se oye todo- se sienta en la mesa de la cocina, se pone unos auriculares y baraja unas cartas de tarot. Suele utilizar el método de la cruz celta. Asiente de vez en cuando sin dejar de mirar una sola vez las cartas que momentos antes ha extendido sobre la mesa de madera. Las tiradas suelen durar una media hora y según lo que debe preguntar su interlocutor o interlocutora, las extiende en tres montones. ¿Izquierda, centro o derecha? debe de preguntar. Luego se quita los auriculares, se levanta y pone una olla al fuego. La consulta ha concluido. Parece que vive sola y no tiene gato, raro en una tiradora de cartas. Supongo que os preguntáis por qué sé lo de la cruz celta y lo de los tres montones de cartas. Pues porque he visto a mi amiga la Bruji hacerlo miles de veces frente a mí.

A veces le regalo alguna canción de Cole Porter. Y ella mira curiosa por la ventana para saber quién escucha la misma música que a ella le gusta. Desconoce que es su vecina de enfrente, pues me escondo detrás de las persianas venecianas que me aíslan de los vecinos. Sólo me muestro cuando tiendo la ropa y entonces apago la música para que no descubra que soy yo quien le regala las canciones.

Me gustaría saber cuál es su número de teléfono y hacerle una llamada. La conversación sería seguramente así:

-Hola, soy Violette. ¿En qué puedo ayudarte?
-Quisiera preguntar por el amor.
-¿Con alguien en particular?
-No, no hay nadie.
-Dime qué signo eres.
-Piscis.
-Bien, piscis. Concéntrate y no me cruces las piernas.

Le hago caso, las tenía cruzadas. Mientras ella baraja yo aprovecho y lío un cigarrillo para relajarme. Alejo a Bruc con una suave patada de debajo de la mesa. He olvidado esconderle la pelota para que no importune. Bruc es más rápido que yo y se aleja con la pelota en la boca. Se sube al sofá y aprovecha para dormir un ratito. Oigo la respiración de la tiradora de cartas pelirroja.

-Bien, piscis. Estarás sola poco tiempo. Las cartas me muestran un rey de copas frente a ti. Calculo que para el mes de diciembre tu vida habrá cambiado completamente. Volverás a ser feliz junto a ese hombre que entrará en tu vida por casualidad. Llámame dentro de mes y medio y me lo confirmas. ¿Deseas preguntarle alguna cosa más al tarot?

Le respondo que no. Me quedo pensativa y le doy las gracias. Me cambio de ropa, ato a Bruc con la correa y salgo a pasear para ver si me cruzo con el rey de copas en alguno de mis paseos. Porque como suele decir mi madre, en casa sólo viene el butanero. O algún electricista argentino, le contestaría yo…

lunes, 10 de octubre de 2011

GARAJE SÉNECA






Esta mañana he hecho algo de lo que debería de avergonzarme, pero no ha sido así. He logrado vencer la timidez que me caracteriza y he llamado al timbre de un establecimiento que acababa de subir la persiana para recibir a los clientes madrugadores como yo. He depositado la mercancía de la cual quería desprenderme sin mediar palabra con el hombre que me atendía detrás del mostrador. Hablaba por teléfono mientras apuntaba en un papel el valor del oro que, por suerte para mí, había subido. Cuando me ha dicho lo que iba a darme a cambio de lo que había pesado momentos antes en una báscula de precisión, no he podido disimular mi asombro. Hoy, lunes por la mañana de un día soleado para mí, de repente soy rica.

Bruc y yo somos afortunados. Con dinero en el bolsillo y un amor para las seis. Y he hecho lo que hacen todas las mujeres del mundo menos yo: pensar en qué gastaría el dinero conseguido sin sudar una gota. Como ayer domingo tuve mi primer día triste en la ciudad, -¿quién inventó los domingos?- hoy me recompensaría yendo de compras.

Y así lo he hecho, caminando deprisa como si alguien me esperara. Voy a pie a todos los sitios para conocer la ciudad y no perderme, algo que como mi timidez, me caracteriza. He decidido tomar la calle Séneca buscando la sombra. Y de repente frente a mí, un lugar que he reconocido de inmediato: el Garaje Séneca. Sigue aquí, marrón, inmenso, cerrado. Y sin quererlo, he vuelto a tener siete años. Lo he contemplado mientras me liaba un cigarrillo. Lo que me acababa de pasar, reconocer un edificio después de tantos años, merecía un descanso. Y mientras fumaba he recordado:

Tengo siete años. Mis padres, mis hermanos y yo vivimos en la casa frente al canal. Mis abuelos están a punto de salir de viaje hacia Barcelona. Mi hermana B. es la elegida para viajar con ellos y en el último momento se indispone. Qué rabia para ella y qué alegría para mí cuando oigo: ¿Emily, quieres venir tú? Es Rosita quien habla, mi abuela materna. No creo que yo diga nada, pero salto a cancha rápidamente como el jugador que espera pacientemente su oportunidad de dejar de calentar banquillo. Mi madre prepara mi ropa interior, mi pijama y una muda, por si tenemos un percance. Me voy a Barcelona. Subo al asiento posterior del mercedes oscuro que mi abuelo Juanito debe llevar a revisión y me despido de mis padres agitando una mano. ¿Sonrío? Creo que no. O quizá sí. De este viaje sólo recuerdo las luces de los coches que no cruzamos por la carretera de la costa que nos lleva a la ciudad. La cena en un restaurante de la capital. Mi abuela me pide espaguetis, pollo frito y por primera vez en mi vida como aros de cebolla rebozados. Quiero un café como mis abuelos. Me siento adulta, pero hago una mueca de disgusto al probarlo. Es amargo. Juanito sonríe y enciende un cigarrillo. Siempre sonríe. Y Rosita está de buen humor. No recuerdo haber dormido. Sólo sé que a la mañana siguiente mi abuelo conduce el mercedes hacia el Garaje Séneca, marrón, inmenso, que se traga el automóvil y a mí con él. Nada más.

Vuelvo a casa con menos dinero en el bolsillo. Ahora tengo cuarenta y cinco años. Me siento bien, como quien se enamora por primera vez, con alas en lugar de mis pies doloridos por las caminatas. La ciudad me gusta y creo que yo a ella también. Miro un escaparate de ropa infantil. Me atrae un vestido de aire japonés para la niña rubia. Se lo compraré un día de estos, en una próxima salida. Me compro un croissant y le guardo una de sus patas para Bruc. La niña rubia está demasiado lejos. La echo de menos…

viernes, 30 de septiembre de 2011

EL ÚLTIMO CROISSANT

Aunque no suelo tener nostalgia cuando algo termina, hoy se me han escapado unas lágrimas cuando le he dicho adiós a Sirga, la cocker dorada del estanco. Todos los lunes la hemos ido a ver la niña rubia y yo. También nos hemos comido el último croissant juntas. La pequeña la pata del mismo, para mí el resto. Ayer me despedí de la peluquera que me ha cortado el flequillo a una altura imposible de que me favorezca. Nos deseamos suerte mutuamente. Ella espera a su primer hijo, una niña rubia seguramente. Este fin de semana me despediré de la playa con un último baño en compañía de Francesca y de Imma, las amigas cincuentonas de Bruc. A Francesca le he dejado en herencia mi playa. No sé cuándo podré volver a pisarla. La dejo en buenas manos. También me despediré del ático que me ha acogido estos dos últimos años. Se puede decir que allí he sido feliz. Le escribiré una carta al fantasma que vivía en él por si quiere volver. Que me lo cuide en mi ausencia. Añoraré a la niña rubia, claro, aunque la deje en buenas manos.
Pero aunque suene estúpido, lo que más me duele dejar es a mi coche. Miraré de buscarle un lugar para que esté calentito este invierno. Tan pronto como pueda volveré a por él.
El setter volverá con sus dueños, recién operado y en forma para poder soportar a los dos jack russel terrier con los que convivirá a partir de la semana que viene. Seguremente acabaré añorando que me pise los pies, algo que aborrezco, y que me persiga por toda la casa en cuanto abro la nevera para comer algo.
En compensación a todas estas despedidas diré que me espera otra niña rubia, mi hija ficticia. Y aunque se me encoja el corazón de sólo pensar que a mis cuarenta y cinco años aún busco mi lugar en el mundo, en su compañía será más llevadero. Al fin se cumplirá nuestro sueño de vivir juntas, aunque sea Bruc y no Coppini quien ocupe su lugar. Él será el encargado de mantener alejado al gato que se ha enamorado de mi hija y que le regala pájaros muertos como prueba de su amor.
He querido escribir estas líneas, aunque sea deprisa y sin corregir, para que quede constancia en mi blog que hoy, treinta de septiembre del 201, me he comido el último croissant sentada en la plaza que da a la playa, en compañía de la niña rubia. A reveure, bonica.
 
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