
Esta mañana he hecho algo de lo que debería de avergonzarme, pero no ha sido así. He logrado vencer la timidez que me caracteriza y he llamado al timbre de un establecimiento que acababa de subir la persiana para recibir a los clientes madrugadores como yo. He depositado la mercancía de la cual quería desprenderme sin mediar palabra con el hombre que me atendía detrás del mostrador. Hablaba por teléfono mientras apuntaba en un papel el valor del oro que, por suerte para mí, había subido. Cuando me ha dicho lo que iba a darme a cambio de lo que había pesado momentos antes en una báscula de precisión, no he podido disimular mi asombro. Hoy, lunes por la mañana de un día soleado para mí, de repente soy rica.
Bruc y yo somos afortunados. Con dinero en el bolsillo y un amor para las seis. Y he hecho lo que hacen todas las mujeres del mundo menos yo: pensar en qué gastaría el dinero conseguido sin sudar una gota. Como ayer domingo tuve mi primer día triste en la ciudad, -¿quién inventó los domingos?- hoy me recompensaría yendo de compras.
Y así lo he hecho, caminando deprisa como si alguien me esperara. Voy a pie a todos los sitios para conocer la ciudad y no perderme, algo que como mi timidez, me caracteriza. He decidido tomar la calle Séneca buscando la sombra. Y de repente frente a mí, un lugar que he reconocido de inmediato: el Garaje Séneca. Sigue aquí, marrón, inmenso, cerrado. Y sin quererlo, he vuelto a tener siete años. Lo he contemplado mientras me liaba un cigarrillo. Lo que me acababa de pasar, reconocer un edificio después de tantos años, merecía un descanso. Y mientras fumaba he recordado:
Tengo siete años. Mis padres, mis hermanos y yo vivimos en la casa frente al canal. Mis abuelos están a punto de salir de viaje hacia Barcelona. Mi hermana B. es la elegida para viajar con ellos y en el último momento se indispone. Qué rabia para ella y qué alegría para mí cuando oigo: ¿Emily, quieres venir tú? Es Rosita quien habla, mi abuela materna. No creo que yo diga nada, pero salto a cancha rápidamente como el jugador que espera pacientemente su oportunidad de dejar de calentar banquillo. Mi madre prepara mi ropa interior, mi pijama y una muda, por si tenemos un percance. Me voy a Barcelona. Subo al asiento posterior del mercedes oscuro que mi abuelo Juanito debe llevar a revisión y me despido de mis padres agitando una mano. ¿Sonrío? Creo que no. O quizá sí. De este viaje sólo recuerdo las luces de los coches que no cruzamos por la carretera de la costa que nos lleva a la ciudad. La cena en un restaurante de la capital. Mi abuela me pide espaguetis, pollo frito y por primera vez en mi vida como aros de cebolla rebozados. Quiero un café como mis abuelos. Me siento adulta, pero hago una mueca de disgusto al probarlo. Es amargo. Juanito sonríe y enciende un cigarrillo. Siempre sonríe. Y Rosita está de buen humor. No recuerdo haber dormido. Sólo sé que a la mañana siguiente mi abuelo conduce el mercedes hacia el Garaje Séneca, marrón, inmenso, que se traga el automóvil y a mí con él. Nada más.
Vuelvo a casa con menos dinero en el bolsillo. Ahora tengo cuarenta y cinco años. Me siento bien, como quien se enamora por primera vez, con alas en lugar de mis pies doloridos por las caminatas. La ciudad me gusta y creo que yo a ella también. Miro un escaparate de ropa infantil. Me atrae un vestido de aire japonés para la niña rubia. Se lo compraré un día de estos, en una próxima salida. Me compro un croissant y le guardo una de sus patas para Bruc. La niña rubia está demasiado lejos. La echo de menos…





