lunes, 14 de julio de 2008

COBI


Nuestro queridísimo Cobi ha dejado de existir.

Se lo he explicado a Bruc. Le he dicho que ahora, cuando bajemos al canal, ya no irán los tres amigos, Nina, Cobi y él. Y que nada volverá a ser lo mismo.

miércoles, 9 de julio de 2008

LAS HERMANAS


Las hermanas Navarro se veían menos de lo que querían. Vivían en pueblos distintos desde que se habían casado. Pero ese año decidieron pasar juntas el verano en el balneario, con la excusa de que sus hijos tomaran las aguas. A los niños les costaba comer, y esperaban que un cambio de aires, alejados del calor sofocante y húmedo que suponía vivir cerca del río, les devolviera el apetito. Así entrarían en el nuevo otoño con un poco de color en sus pálidas mejillas.
Una vez instaladas, vivían el día a día con una enorme placidez. Habían supuesto que su estancia en el balneario les sería provechosa. Ellas estaban más relajadas; y los niños, bien alimentados y contentos de compartir juegos con sus primos, recuperaban poco a poco la salud.
Se levantaban temprano, y su única ocupación era dar largos paseos, disfrutar del sol, comer, beber, dormir la siesta, merendar, jugar, bañarse, y bajar a cenar, para luego acostarse y empezar el nuevo día con renovadas energías.
Pero el momento preferido para las madres, llegaba a la hora del café. Cada día era una la encargada de acompañar a los niños a una habitación y acostarlos a todos en una misma cama. Después de calmar el alboroto, iban cayendo, uno tras otro, rendidos por el sueño. Entonces, la madre se levantaba sigilosamente de la cama, tras cerciorarse de que ni el más inquieto de los niños movía una sola pierna. Cogía la caja de madera donde guardaba la costura, y cerraba la puerta con suavidad.
Bajaba las escaleras y se reunía con sus dos hermanas, que la esperaban en el pequeño salón del establecimiento.
-¿Todo bien?
-Han caído todos. Hasta Alfredo (éste era el más revoltoso).
El café era la excusa para empezar a parlotear. Después de servirlo, sacaban las labores, y se concentraban en el trabajo sin dejar de hablar, pues tenían muchas cosas que decirse. Unas contaban cómo marchaban las fincas, los problemas que surgían en el quehacer diario. Carmen, la mayor, relataba anécdotas de los pacientes de su marido el doctor.
También ocupaba el saloncito un señor elegantemente ataviado, sentado en un sillón orejero, oculto tras las enormes páginas de un periódico. Era un hombre de unos cincuenta años, con bigote y gafas, tan callado e insignificante, que ellas apenas se daban cuenta de su presencia. Así que seguían con su conversación como si sólo fueran ellas las que ocupaban la soleada habitación. Y no reparaban en el tema. Cualquier cosa era buena. El fallido casamiento de una prima, el escándalo de un pintor conocido, el repentino embarazo de una criada sin marido, la rotura de un brazo de un niño, la compra de un caballo, una epidemia de tifus…y el tema preferido de las tres: sus constantes embarazos y sus consiguientes partos. Lo contaban con todo detalle: la pesadez de los nueve meses, los primeros dolores, la rotura de aguas y el doloroso parto, acompañado de abundantes sangrados, de cordones enredados en los cuellos de los bebés, de la subida de la leche, y el cansancio por la falta de sueño. Cada día era un parto nuevo, hasta sumar el total de los niños que las acompañaban.
De vez en cuando, oían un carraspeo. Provenía del rincón que ocupaba el señor maduro. Entonces callaban unos minutos, y después de notar que el hombre se había dormido -sus ronquidos eran la señal- volvían a las andadas.
Así día tras día, hasta el final del verano, con la llegada de las primeras lluvias, que reverdecían de nuevo el seco paisaje, tras un caluroso verano.
Había llegado el momento de volver a hacer las maletas y de reclamar taxis que las devolverían junto a su prole a sus diferentes pueblos.
El último día fue como todos los demás. Después de acostar a los niños, se reunieron nuevamente para tomar un último café en compañía. Esta vez habían dejado los costureros en sus respectivas habitaciones, y estaban calladas por primera vez en todo el verano. Sabían que tardarían en volverse a ver, y eso las entristecía. También las acompañaba el señor del bigote, escondido tras el inmenso periódico. Empezaron a despedirse cuando oyeron un estruendo de páginas que se cerraban. Miraron al hombre, que se levantaba pesadamente del sillón, y dirigiéndose hacia la puerta, se volvió hacia ellas y les espetó:
-¿Les he contado que un día me atrapé los cojones entre dos puertas correderas?- Seguidamente, abrió la puerta y se marchó.
Las hermanas estallaron en una gran risa. A partir de aquel día, la anécdota fue transmitida de madres a hijos sucesivamente, hasta llegar a mí una noche de verano.

lunes, 7 de julio de 2008

SE BUSCA


Necesitaría por unos días ser una máquina, y que alguien tuviera la amabilidad de desconectarme. Sólo unos días, y descansar. También podría optar por tomarme unos cuantos Lexatín y dormirme, aunque no definitivamente. Pienso: qué bien si pudiera dormirme, no tener que levantarme, ni ducharme, ni sacar al perro, ni comer, ni beber, ni fumar, dejar de oír noticias, de contestar al teléfono, que siempre tiene la desconsideración de sonar cuando por fin me he dormido...

Pero no puedo desconectarme. Dejaría de atender a la gente que me preocupa, y que se preocupa de mi. Y Bruc me mira con esa carita: ¿salimos? ¿Vamos a la playa?. Le llevo a la playa, y aunque me tape la cara para desaparecer un momento, no deja de darme golpes en las piernas y tirarme la pelota, para que me acuerde de él.

También está Francesca, que me manda un mensaje para decirme que nuestro querido Cobi está muy enfermo. La llamo, y hablamos un momentito. Le he dicho que no se preocupe, que pasará, para darle ánimos, porque ella aún no sabe lo que es perder un perro. Hemos quedado en vernos una tarde, en la terraza de un bar, y hablaremos.

Tengo trabajo y una reunión. Y una manifestación contra el maltrato animal.

He pensado en lo que un día hizo Agatha Christie, que desapareció por unos días. Pero buscarían mi coche, verían el movimiento de las tarjetas de crédito, hasta harían carteles con mi foto: Se busca mujer de 42 años. En el momento de su desaparición vestía de negro. Por favor, si la ven, llamen al 977...Posiblemente con las facultades mentales ligeramente trastornadas....

Vaya, que no puedo desaparecer, ni desconectarme, tengo tanto que hacer....

Por favor, si la ven, desconéctenla. Y llámenos al 977....

miércoles, 2 de julio de 2008

martes, 1 de julio de 2008

jueves, 26 de junio de 2008

ET IN ARCADIA EGO


Tradicionalmente, esta frase se considera un símbolo de la caducidad de la vida, incluso en los momentos más idílicos.

Hoy he disfrutado de uno de esos momentos idílicos. Bruc y yo hemos sido invitados a pasar una tarde en la Arcadia. Me acompañaban mi hermana, su hija y Sam, el perro tranquilo.
Sería bello vivir permanentemente en la Arcadia. Pensar que el tiempo pudiera detenerse. Que fuéramos siempre jóvenes, sin preocupaciones, dejando a un lado los temores que nos ocasiona vivir. Que los niños dejaran de crecer y que lo fueran eternamente. Pensar que nuestros perros estarán siempre junto a nosotros, sin el dolor que causa su pérdida.
Hace poco leí en La Contra del periódico La Vanguardia, una entrevista con el pensador Raimon Panikkar. En ella reflexionaba sobre el silencio. Sobre cómo lo abandonamos a cambio de la “superficialidad banal e insulsa”. “Ruido a todas horas en todas partes para no tener que pensar”.
Hoy el ruido sólo ha sido el rumor de nuestras risas y el ladrido de los perros. Y del chapoteo en el agua…
Habla también el pensador sobre nuestra condición única e irrepetible. “Pero esa singularidad sólo podemos vivirla si renunciamos al pasado, que es sólo un recuerdo, y al futuro, que es una ilusión, y vivimos en el presente tempiterno”. (Esta palabra la ha inventado para definir un tiempo ni largo ni corto, sino único).
He reflexionado sobre si podríamos vivir siempre en el presente. Dejar atrás el pasado y no pensar en el porvenir. He mirado mis piernas, refrescándose en el agua. Han vivido el presente, agradecidas por el descanso. Y por un instante, me he ensimismado, creyendo que estaba sola. Y he pronunciado en voz alta: Carpe diem, Carpe diem, Carpe diem…

viernes, 20 de junio de 2008

EMILY D. VS EMILY M.

El partido del miercoles de la selección no me interesaba. Seguramente veré el del domingo contra la selección italiana (por lo de Zambrotta, ya saben). Así que me tumbé en la cama para releer a Emily Dickinson:
Soy nadie./ ¿Y tú quién eres?/ ¿Eres nadie también?/ Entonces somos dos./ Callátelo. Lo anunciarían. ¿Sabes?
Hasta encontré mi epitafio:
Si yo ya no viviese/cuando los petirrojos hayan vuelto,/ al del pañuelo colorado echadle migas/ en mi memoria.
Luego releí el prólogo de Lorenzo Oliván. Relata el encuentro entre el editor Higginson y Emily D. y su posterior reflexión al conocerla: "era un ser demasiado misterioso para ser comprendido en un breve encuentro de una hora; y el instinto me decía que al más mínimo intento de someterla a análisis se replegaría en su concha".
A veces creo que una pequeña parte de Emily D. vive en mí. Me gusta pensar cómo sería nuestro encuentro. ¿Nos reconoceríamos? Yo le diría que, como ella, llevo a mi perro a pasear junto al mar. Le comentaría alguno de sus poemas, para que me explicara las cosas que, a veces no entiendo. Que tenemos el mismo sentido del humor, aunque parezcamos serias en las fotos. Que, como ella, tengo hermanos que me protegen. Que si no puedo vivir un gran amor, prefiero no vivirlo...

Un viernes estábamos sentados en la terraza de un bar. Junto a nosotros, se sentó también Vincenzo, el italiano más famoso de mi ciudad. Nos tenemos una tirria enorme, pero en el fondo creo que seríamos amigos.
Se sacó un iPhone. Y el señor M. se diririgió a mi y me dijo: ¿Ves? Tiene un iPhone. ¿Y qué le dije yo?: -¿Es de los chinos?
Respuesta de Vincenzo, con expresión disgustada: -Yo no tengo nada comprado a los chinos. Es más: odio a los chinos. Son sucios. Hace poco estuve en París con un chino...y no se duchó en tres días.
Mi respuesta: ¿Y cómo lo sabes?
-Porque compartí habitación con él.
-¿Y dormiste en la misma cama?- segundo ataque mío.
Vincenzo cada vez más disgustado: No, yo en mi propia cama.
Sonó el iPhone. Su interlocutor le preguntó con quién estaba: -Con el señor M., la secretaria y la señorita M., la hermana del señor M., que parece Pippi Calzelungue. ( Aquel día yo llevaba el cabello recogido en dos coletas)
Me reí. Le ignoré y le conté al señor M. lo que me dijo el italiano una vez en la calle, cuando pasé con mi perro: -La signorina con el león...
Vincenzo terminó la conversación por el iPhone, y se interesó por lo que le conté al señor M.
El italiano me miró serio y me dijo: -Tú no eres como tu hermano. Estás siempre a la defensiva.
Me encogí de hombros despectivamente. ¿Cómo no voy a estar a la defensiva con un hombre, que cada vez que ve pasar a una mujer por delante, la puntúa? Pero sé que en el fondo, detrás de ese tipo maleducado, hay una persona correcta, capaz de besar a los niños pequeños. Supongo que añora su inocencia.
Vincenzo me preguntó a qué me dedicaba. Y cuando me preguntan tan directamente una cosa, contesto lo primero que me pasa por la cabeza: -Trabajo de camarera en un restaurante.
Lo dudó y el señor M. contestó: -Es puta, hombre.
-¿Y cuánto cobras?
-Depende del servicio...-Mi respuesta
-¿Por una mamada?
-300 euros.- Subí el precio, rogando que no los llevara encima.
Suerte que al italiano se le hacía tarde. Por que, ¿y si hubiera dejado los billetes sobre la mesa?
¿Cómo habría actuado yo? Ignorando la escena o embolsándome el dinero, haciéndole un gesto para que me siguiera?

Me he preguntado cómo hubiera actuado Emily D. Pero creo que en su tiempo, un caballero no le habría hablado de mamadas.

martes, 17 de junio de 2008

FRANQUI, ¿WHAT CAN I DO?


Hay días que tengo ganas de caminar más de lo habitual. Y entonces decido llegarme hasta el parque. Antes de ser este feo parque, que proyectó algún "lumbrera", era campo abierto, con olivares y algarrobos. Hasta allí me dirigía con Hedy. Qué placer verla libre y alocada, ladrándome para que le tirara la pelota amarilla...incansable.

Procuro tener siempre a mi lado algún compañero de cuatro patas. Tengo la excusa perfecta para salir sin remordimientos y volver luego al trabajo en soledad. Ahora, ya lo sabeis, me acompaña un delicioso perro salchicha de caminar divertido. Me encanta el reflejo de su figura en los cristales, ver cómo sus orejas saltan al compás de su trotar. Escucho música siempre, y hoy me he puesto Senza fine en repeat. Un día, si dejo de escribir durante más de lo habitual en este blog, es que un coche se me habrá llevado por delante, por culpa de los auriculares.

Cada día hago el mismo recorrido y paso junto al jardín del sanatorio para enfermos mentales. A partir de ahora seré políticamente incorrecta, y lo llamaré manicomio. Busco con la mirada a Gora, la golden retriever que desde hace un año, les hace compañía. La acaricio, pasando mi mano entre las rejas. Y me despido de ella hasta la tarde. Los pacientes ya me conocen, y yo les conozco a ellos. Mujeres y hombres de todas las edades, de mirada perdida y fumar empedernido. Están tranquilos, supongo que bajo los efectos de minúsculas pastillitas rosa. Para ellos, soy la chica del perro salchicha. A veces, si me fumo un cigarrillo furtivo, me piden uno...Y se lo doy.

Un día, me gustaría ser invisible y colarme en ese jardín de palmeras, y pasarme un rato con ellos. Que me contaran sus historias y el porqué de su estancia allí. Pero eso ya lo sé. Son los inadaptados, que un día hicieron un viaje prohibido, y ya no volvieron.

Conozco a uno de esos enfermos. Se llama Franqui. Le habíamos perdido la pista, hasta que vi que él también estaba en ese jardín. Sentado en un banco, solo. Se lo comuniqué a mi hermano y me dijo que iría a verle. Franqui decidió viajar. Cuando se fué, era un joven muy guapo. Ahora ha envejecido, pero aún conserva esa sonrisa que le acompañaba, cuando los dos, en un corto espacio de tiempo, tuvimos la misma edad. Mi hermano me contaba que algunos días, Franqui preguntaba: ¿Cómo está tu hermana?

En uno de esos paseos, miré hacia el jardín. Franqui se había dormido, sentado en su banco. Bajé la mirada apresuradamente, para que si despertaba, no supiera que yo le había visto.

Nunca he temido estar junto a los tristes. Muchas veces he bajado a su infierno, a veces sola y otras en su compañía. Y siempre he vuelto a subir, casi siempre indemne. Pero luego me miro las alas, y veo que cada vez quedan menos plumas. Se han ido quemando en las incesantes bajadas. Un día sólo me quedará su esqueleto, y temo que ya no podré volver a subir.

Sé que hay personas que, como yo, tienen alas. Y que buscan nuevas alas, porque las chicas que las poseen, van al cielo. Creo que Franqui también tuvo en su día unas, y las quemó. Un día, me atreveré a hablarle, y le diré que conozco un sitio dónde le harán unas alas a su medida.


lunes, 9 de junio de 2008

CHOCOLATE


Esta noche estaba cansada y me he quedado dormida en el sofá. Me ha despertado un grito: Gooooooooooooooooooooooooooool de Gio! He tardado en reaccionar. No sabía ni qué hora era ni dónde estaba. Casi estaba a punto de finalizar el partido entre Holanda e Italia. Pero he abierto bien los ojos cuando he reconocido a Zambrotta. ¡Hay que ver lo guapo que es! Esta próxima temporada tendré que seguir la liga italiana si quiero deleitame con su presencia. Si suelo ver algún partido de fútbol, es para ver jugadores guapos. He visto que las equipaciones vuelven a ser ceñiditas, como a mi me gustan. Me van los jugadores con hombros rectos, tipo Julio Salinas. Un día hice esta observación en voz alta y mi padre me contestó: -Sí, como los muñegotes que tú pintas...

Después he recordado una tarde de domingo. Mi hermana B. y yo vagábamos aburridas por casa, sin tener plan para la tarde, y decidimos hacer un bizcocho de chocolate. Esperábamos al resto de la familia para el ataque final, cuando oímos un estruendo por las escaleras. Era un rumor tipo: O, O, O....Curiosa, decidí acercar un ojo a la mirilla de la puerta, y vi cómo se acercaban de uno en uno, el equipo entero que, por aquellas fechas, entrenaba mi padre. Miré a mi hermana y le dije: ¡El equipo!,¡ El equipo! Mi padre había tenido la feliz idea de llevarse a casa a todos sus jugadores para merendar después de ganar el partido. De nada sirvió correr a esconderme.

Nos tocó preparar los platos de postre, sacar vasos y sacrificar nuestro precioso pastel de chocolate. Visto y no visto. Acabaron con todo el alcohol del mueble bar, y sólo quedaron unas tristes migajas del pastel en la fuente.

Eso sí, nuestro enorme sacrificio tenía al menos un consuelo. Disfrutamos de la presencia de aquel jugador al que apodaban Choco. Era el más guapo y peligroso del equipo, y no por los goles que marcaba, sino porque era un verdadero matador entre las féminas.

Creo que puedo decir que aquella tarde, nos hubiera gustado que se nos fundiera en la boca un trocito de chocolate, y no precisamente del pastel.
 
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