jueves, 12 de marzo de 2009

AGUAS DE MARZO


Hoy he recibido una llamada. Al principio no he reconocido su voz, pero al oírle hablar, he sabido quien era. Justamente hoy. La última vez que supe de él, yo me preparaba para nacer.

Me ha citado en el bar que frecuento. No tenía ganas de volverle a ver, francamente. Creo que busca hacer un balance de lo que ha sido mi vida. Le he preguntado cómo le reconocería después de tantos años. Ya te buscaré yo, me ha contestado.

Acudo a la cita con tiempo de sobra. Y aunque intento que un día alguien me espere, es imposible. Siempre soy yo la que acaba esperando. Entro en el bar y busco rápidamente un sitio para sentarme. Al final elijo el taburete de la barra que queda más lejos de la entrada del local. Así tengo unos segundos para observarle mientras él me busca con la mirada. Le veo llegar. Sigue igual que cuando me habló aquel día. Con su cabello blanco, la expresión severa que tanto asustaba a los otros niños y su caminar pausado y elegante.

Cuando da conmigo, sonríe y yo le devuelvo la sonrisa tímidamente.

-¿Cómo estás, Emily?
-Bien -le respondo-. Algo extrañada por tu llamada.
-Bueno, han pasado algunos años desde nuestro último encuentro y tenía ganas de volverte a ver y saber qué es de tu vida.
-Pero si tú lo sabes todo de mí, ¿no?

Me ignora y pide al camarero una copa mientras se sienta a mi lado.

-He pensado en que tú y yo deberíamos tener una charla -estas palabras me asustan. Parece que viene a rendirme cuentas- Te he estado observando este último tiempo y me pareció que deseabas volver a mi lado.
-No sé de dónde sacas esto –le miento. Sé que es inútil enredarle.
-No mientas, Emily. Querías dar conmigo y aquí me tienes.
-Bueno, todo eso ya pasó. Sólo tuve unos días malos, la verdad.

El día que me invitó a nacer me explicó que habría días en que le daría las gracias por haber nacido y que otros desearía no haberlo hecho.

-Mira, te elegí entre los demás niños porque en ti vi algo especial. Y porque te di el don de crear cosas de la nada y creo que lo has desperdiciado.
-Siento haberte defraudado. Sé que tienes razón, pero tus palabras duelen. Quizás te equivocaste de persona. Podrías haber elegido otro día para pasarme factura. Ya sabes qué día es hoy.
-Justamente por eso. Tenemos que hacer balance. Debo pensar en si vuelves a mi lado o te doy otra oportunidad. De momento te concedo cinco años. Ni uno más ni uno menos. Quiero que demuestres que no me equivoqué al elegirte.

Hay un silencio largo, de los que me gusta hacer cuando me tomo un tiempo para pensar, como si la pantalla se quedara en blanco. No encuentro una respuesta. Él se levanta para irse y me mira. Sabe que siempre callo cuando algo me duele.

-Acepto la propuesta. Si dentro de cinco años no te he demostrado quién soy, volveré a tu lado. Sólo te pido una cosa: no volver a nacer. Siento que he vivido a lo largo de muchos siglos en diferentes cuerpos. Y si volviera a nacer, que sea con una alma nueva, con la ilusión de tener alguna cosa por estrenar.

El Creador asiente con la cabeza y me doy cuenta que busca despedirse.

-Por cierto, Emily. ¿Qué regalo quieres que te haga antes de irme?
-Ya me lo has hecho, me has dado cinco años más –le respondo.

Pero como me gusta jugar, pienso en lo que realmente me hubiera gustado tener esta noche y saber si de verdad me lee el pensamiento. Levanto las cejas interrogativamente y el me contesta con una sonrisa.

-Si está en mis manos, lo haré. Espero que pasen muchos años antes de que nos volvamos a ver. Significará que has cumplido tu promesa y que no volverás a mi lado antes de tiempo.

Me apoyo en la barra del bar y me sujeto la cabeza con las manos. Pienso que en estos cinco años que me ha dado de prórroga debo hacer muchas cosas, para demostrarle al Creador que no se equivocó al elegirme. Aún hay mucho por vivir. Pero conociéndome, ya lo pensaré mañana.

Me quedo ensimismada mientras él se aleja. Ya sólo quedamos el barman y yo.

-Sírvete una copa y tómatela a mi salud. Hoy es mi cumpleaños. Cumplo cuarenta y tres años –le contesto antes de que me lo pregunte.

PS. Este post tiene un precedente. El año pasado y por mi cumpleaños, escribí un cuento. En él, Emily vive en el limbo con sus tres perros. El Creador se fija en ella y le muestra un mundo nuevo. Ella no quiere nacer, pero al final acepta. Siempre he pensado que he desperdiciado el tiempo, (¿será por el sentido trágico de la vida?). Ahora el Creador tenía ganas de volverla a ver.





domingo, 22 de febrero de 2009

LOVE FOR SALE ¿Quién está dispuesto a pagar el precio de un viaje al paraíso?


Vuelvo a casa. Tranquilízate. Pongo la llave en el contacto y arranco el coche. Enciendo un cigarrillo y dejo que se consuma en el cenicero del coche. Hoy los trece kilómetros que me separan del apartamento se me hacen eternos. Sólo deseo acostarme en mi cama y dormir profundamente. Mañana ya pensaré en todo ello. En lo que ha significado volver a encontrarle después de tantos años. En todo lo que me ha dicho mientras hemos compartido un cigarrillo.

La imagen que me devuelve el espejo del ascensor me desagrada. Soy patética. ¿A qué has jugado? ¿Cómo has sido capaz? Pero no quiero pensar más. Intentaré olvidar lo que he hecho esta noche y mañana mi vida volverá a ser como antes. Sólo que hoy tengo día de descanso y no sé cómo voy a ocuparlo. Quizás invito a Dani a comer. Necesito contarle a alguien lo que ha pasado. Y ahora sólo le tengo a él.

Entro en mi apartamento. El perro sueña dormido en el sofá y ni siquiera levanta la cabeza para saludarme. Me siento junto a él para descalzarme. Mis piernas lo agradecen. Acaricio al perro y le beso.

Me dirijo a la habitación y oigo el respirar de alguien que duerme profundamente en mi cama. Es Dani. Me acerco a él y despeino su cabello para despertarle. Despierta, vamos, es hora de irte a tu casa. Abre los ojos y me mira somnoliento.

- Te estaba esperando. Hoy he tenido el presentimiento de que harías una tontería.
- No te preocupes, sólo he salido con los del trabajo.
- ¿Vestida así?
- Venga, soy una mujer y a veces me comporto como tal.

Me acuesto a su lado. Él no se mueve. Coge mi mano y la acerca a su cara.

- Siempre me han gustado tus manos.

"Amor en venta, joven y apetitoso. Amor en venta, amor fresco. Y todavía sin estropear. Amor en venta, sólo ligeramente mancillado. Amor en venta. ¿Quién quiere comprar? ¿Quién desea catar mi oferta? ¿Quién está dispuesto a pagar el precio de un viaje al paraíso? Amor en venta. Que los poetas canten al amor, a su infantil manera. Yo conozco todos los amores que hay, mucho mejor que ellos. Si queréis conocer la emoción del amor, yo he pasado por el molino del amor. Del amor viejo, del amor nuevo. De todos los tipos del amor, menos del verdadero. Amor en venta. Si quieres comprar mi mercancía, sígueme por las escaleras. Amor en venta".
Cole Porter

jueves, 12 de febrero de 2009

LOVE FOR SALE la continuación


Per a Joan


Cada primeros de diciembre la misma historia. La empresa organiza una cena para agradecernos lo bien que trabajamos y hacernos ver lo felices que somos trabajando para ella. Se supone que somos afortunados. Nos juntan a todos en una furgoneta mercedes vito como a unos imbéciles y nos llevan a un restaurante de La Pineda. Y acabamos en una discoteca con una fiesta organizada exclusivamente para sus trabajadores.

Este año he decidido ir conduciendo mi propio vehículo. Para ahorrarme la sórdida fiesta que viene tras a la cena. Solemos acabar bailando completamente borrachos y totalmente desinhibidos. En la mano, un vaso medio vacío cuyo contenido suele acabar directamente sobre la pista. Lo que contribuye a los resbalones y a las consiguientes risas de los colegas.

Cuando llega el momento del juego de las sillas, justo en ese instante, yo desaparezco. Para evitar que me toque el premio de la chica ligera de ropa sentada a horcajadas sobre mí y tener que explicárselo luego a mi mujer.

Este año han reservado la cena en una brasería situada en la carretera de la costa. Llego con el tiempo justo de buscar la mesa en la que se sientan mis compañeros y me limito a mirar con desgana el menú que ofrecen. Me decido por el solomillo acompañado de verduras braseadas. Justo en el momento que levanto la mirada para pedir mi cena a la camarera, la veo. Me ajusto bien las gafas para ver mejor y creo que es ella. Hace veinte años que no nos vemos. Se mueve con ligereza entre las mesas, cargada con tres platos en cada brazo, como si se tratara de la cosa más natural del mundo.

Está concentrada en su trabajo y no dedica ni una sola mirada a los clientes. Con suerte, no reparará en mí. Me sirvo una copa de vino y me dedico a observarla. Físicamente está igual o al menos lo parece de lejos. Quizás un poco más delgada de cuando la conocí. Lleva el mismo peinado corto que tanto la favorecía, sólo que ahora un ligero flequillo a la moda cubre su frente.

Apenas toco la comida. Aparto con el tenedor lo que me gusta de lo que no y acabo comiendo solamente la carne. Ya he llenado cuatro veces mi copa para estar preparado por si en una de sus miradas, sus ojos se cruzan con los míos y me reconoce.

Hace veinte años se bajó de mi coche y se despidió con un “te deseo toda la suerte del mundo, pero no vuelvas a llamarme nunca más”. Con una gran frialdad acabó la relación que había empezado nueve meses atrás. No intenté retenerla. Había llegado el momento que tanto temí y nada pude hacer para conservarla. Aún duele recordarlo y me sirvo otra copa.

La cena ha terminado y los compañeros de trabajo están impacientes por abandonar el restaurante y seguir la fiesta en la discoteca. Me escondo entre ellos cuando paso junto a ella y salimos al exterior. Intentan convencerme para que siga con ellos, pero yo me dirijo hasta mi coche y me despido con un “hasta mañana y divertíos”.

Pero vuelvo a entrar en el restaurante y hablo con el encargado. Le pregunto a qué hora suelen acabar sus empleados, pues espero a uno de ellos. El tipo se resiste a darme la información pero le convenzo sacando un billete de número elevado. Lo acepta y me cuenta que a eso de la medianoche y por la puerta trasera del restaurante.

Vuelvo al coche y lo dirijo hacia la parte de detrás. Esperaré a que salga. No pasa ni media hora cuando ella aparece. Saca unas llaves del bolso y se encamina hacia un utilitario. Introduce la llave en la cerradura del coche, arranca y yo hago lo mismo. Evito encender las luces y la sigo. Para mi sorpresa sólo conduce unos metros. Vuelve a aparcar bajo unos pinos, como si quisiera ocultar el coche. Yo hago marcha atrás y vuelvo al mismo lugar donde estaba. Desde allí puedo verla sin que ella me vea.

Pasan los minutos y enciende un cigarrillo. Ha bajado la ventanilla y veo salir el humo del tabaco. Sigue fumando, como veinte años atrás. Ahora abre la puerta del coche y se baja. Me sorprende su nuevo atuendo. Lleva una cazadora estrecha, una falda cortísima y unas botas que le llegan hasta medio muslo. Empieza a caminar hacia la carretera. Decido bajarme del coche y seguirla, mirando de no hacer ruido y que se percate de mi presencia.

Se queda de pie al borde de la carretera y enciende otro cigarrillo. Mi corazón empieza a palpitar desbocado. Corro hacia mi coche, arranco y salgo por la entrada principal del restaurante. Estoy temblando. Me dirijo hacia donde está ella, mirando que otro vehículo no se me adelante. Le hago las luces y me paro en el arcén. Ella me ve y se encamina hacia mi coche seductoramente, balanceándose.

Sólo espero que no me reconozca y que mi aspecto sea lo suficientemente diferente al de aquel chico que ella dejó veinte años atrás. Ahora echo de menos fumar un cigarrillo. Ella me sonríe y abre la puerta del coche. Ya no puedo huir. Lo que haya de ser, será.

miércoles, 11 de febrero de 2009

ESPLENDOR EN LA HIERBA


aunque nada pueda hacer volver la hora
del esplendor en la hierba, de la gloria en las flores,
no debemos afligirnos, pues encontraremos
fuerza en el recuerdo

Versos de la Oda:
Intimations of Inmortality de William Wordsworth

domingo, 1 de febrero de 2009

LOVE FOR SALE


Cada día conduzco los 13 kilómetros que me separan de mi apartamento en La Pineda hasta mi lugar de trabajo. Busqué una ocupación que apenas me dejara tiempo libre. Para no tener que pensar en lo poco atractiva que ha sido y es, mi vida. Trabajo de camarera en una brasería. Me gusta el lugar. Está situada en la carretera de la costa, a pocos metros del mar. Y en mis descansos, entre turno y turno de comidas, camino hasta él y me fumo un cigarrillo a solas cuando es temporada baja.

Soy especialista en llevar en cada brazo tres platos grandes de carne a la brasa, con su habitual acompañamiento de verduras braseadas o de patatas fritas o cocidas al estilo alemán. Y si no me han echado aún del trabajo es porque soy rápida y eficiente en él.
Un día me perdonaron una falta grave. Fue durante una de esas cenas de empresa, antes de Navidad. Un tipo se atrevió a meterme mano bajo la camiseta y yo reaccioné embadurnándole la entrepierna con un bote entero de salsa de mostaza.

Mis compañeros de trabajo me llaman la “dura” o la” intocable”. Casi nunca hablo con ellos y menos aún saben de mi vida. Sólo converso con Dani, el hijo adolescente de la portera de la finca donde vivo. Llegué a un acuerdo con él: me saca el perro cuando duermo por la mañana o si mi jornada laboral se alarga demasiado. A cambio, le dejo mi cama si tiene un ligue. Sólo le pedí que no dejara rastro de su paso por el apartamento. Ni de él ni de su chica.

A veces, cuando llego a casa, me espera en la terraza. Nos sentamos en una mecedora, apoyando nuestros pies en la baranda, y bebemos cerveza mientras contemplamos la luna que juega a esconderse entre las ramas de los árboles. Alquilé el apartamento por el pequeño bosque de pinos que hay justo enfrente. Allí es donde mi perro olisquea y arrastra sus orejas por el suelo, seguramente recordando que un día fue joven y su nariz aún servía para el rastreo de una pieza de caza.

En eso se basa mi vida. En mi trabajo, en Dani y sus conversaciones nocturnas y en los paseos ocasionales junto a mi perro. Y en mis cortos desplazamientos en coche por la carretera de la costa. Me gusta la desolación y la sordidez de los apartamentos en invierno. Sólo los habitamos los pocos trabajadores que quedamos del sector turístico y las parejas de jubilados extranjeros que llegaron atraídos por el suave clima.

Pero lo que más me atrae de la carretera son las chicas que trabajan en ella. Y una en especial. Se sitúa cerca del restaurante pero dejando los metros suficientes para evitar que le llamen la atención. Por su aspecto es extranjera. Rubia, delgada y muy joven. Fuma como yo, un cigarrillo tras otro. Viste siempre la misma ropa. Una cazadora estrecha, dejando abierta la cremallera hasta que alcanza el nacimiento del pecho. Una falda corta y unas botas altas, hasta medio muslo. Tiene unas piernas larguísimas, y esa parte del muslo que queda a la vista entre el final de su falda y cuando empiezan las botas, es perfecta. Trabaja desde el mediodía hasta la medianoche, que es cuando un coche la recoge. Día tras día, como yo y sin descansos de fin de semana.

Un día le pregunté a Dani si él me veía trabajando en la carretera. Con su habitual humor adolescente me contestó: bah! Seguro que los coches aceleran. ¿En serio? ¿Crees que no pararía nadie? Le pregunté contrariada. Seguro que sí, mujer. Aún estás buena para tu edad-me consoló. Para él, a mis cuarenta años, puedo ser su madre.
-¿Por qué no lo pruebas?-me sonrió divertido. Yo le quité la cerveza de la mano y le eché del apartamento, dando por concluida nuestra conversación.

Pero la idea de prostituirme por unas horas no se me va de la cabeza. Fantaseo mientras conduzco. Qué ropa me pondría, como sería la interior. Qué zapatos calzaría…Y lo más importante, cuántos coches detendrían su paso esperando mi servicio.

Al levantarme esta mañana, he decidido que hoy sería mi gran día. He dejado al perro al cuidado de Dani y he ido de tiendas. Me he comprado una cazadora estrecha como la de ella. Y una falda tan breve como la suya. Y un par de botas negras. Me llegan hasta el muslo. No tengo su altura, pero lo que queda entre la falda y la bota no está nada mal. En la tienda de ropa interior he adquirido un sujetador que me recoge el pecho. A tu edad, es lo mejor, me ha dejado caer la empleada. Las bragas, casi inexistentes.

He trabajado como cada día. Pero hoy he hecho uso del baño que tenemos los empleados del restaurante. Me he duchado a fondo, para borrar de mi cuerpo y de mi cabello el olor a carne asada. He decidido cambiarme de ropa en el coche, para que el resto de los empleados no notaran lo extraño de mi nuevo atuendo. He encendido un cigarrillo y he esperado a que apareciera el coche que recoge a la chica de la carretera. Cuando se han ido, he arrancado el coche y lo he aparcado entre unos pinos, donde ha quedado semi oculto. He vuelto a fumar. He suspirado, mirando mi mano mientras abría la puerta del coche y he bajado del coche.

He buscado el lugar donde ella está cada día, y me he quedado de pie esperando a mi primer cliente. Esta noche hace frío. Pero aun así me he dejado la cremallera de la chaqueta abierta hasta el nacimiento del pecho. Como ella. Y he encendido otro cigarrillo para calmarme. La sensación de frío hace que me encorve ligeramente, como hace ella. Pero un coche se acerca y me hace señales con las luces. He enderezado mi cuerpo, he caminado hacia él, balanceando mi cuerpo, como ella.

martes, 27 de enero de 2009

UNA MUJER INCÓMODA


Esta semana cumplo dos años de blog. Mi primer año fue, creo, para olvidar. Aunque lo pasé muy bien con tardes memorables con mi hermana MK, como cuando discutíamos sin descanso sobre quién de las dos era Jo March. Al final desistí. Jo March era ella y lo sigue siendo, alocada, impulsiva y maravillosa. Yo me quedé con el papel de Beth, y luego lo pensé mejor y decidí ser Elizabeth Barret Browning porque en sus poemas, me veía reflejada. Suenan antiguos porque hablan de amor, pero ¿no es acaso el amor antiguo?:


MIS CARTAS!

¡Mis cartas! Papel muerto... mudo y blanco... Y no obstante palpitan esta noche en mis trémulas manos cuando aflojo la cinta y caen sobre mis rodillas. Ésta decía: Dame tu amistad... Ésta fijaba un día en primavera para tocar mi mano... casi nada, ¡pero cuánto lloré! Ésta... un papel... decía: Te amo, y yo me estremecí como si Dios rasgase mi pasado. Ésta, Soy tuyo... pálida la tinta por estar junto a un pecho tumultuoso. Y esta última... ¡oh, amor!, no fuese digna de lo que dices si lo repitiera. Versión de Carlos Pujol--

Un día conté la relación que me une a mi hermano. Me divertí tanto contando nuestros años de vida en común…Hablé de mi perro, el único ser huraño que aún me quiere un poco. De las temporadas de mini magnum que compartíamos. De mi amiga la bruja, a la que quiero tanto…De los paseos por la playa con mi hija y el perro. De mis momentos bajos…De mi ansiedad. De mi viaje a Francia. De mi vida conyugal junto a Bruc. Los poemas de Bernardo Atxaga. Saludé al mes de mayo con un poema de Kirmen Uribe. Publiqué fotos de mis colchas de patchwork. De mis tardes de cine. Publiqué cuentos, La Bordadora, Las Hermanas y mi preferido, Un día el Creador, cuando cumplí 42 años…De mi contractura muscular y el chalado médico argentino. De mi tío Joan, del cine y lo que significaba en mi vida. De mi padre el futbolista, de mi locura cuando sopla el mestral…De un bolso extraviado y de una camisa blanca. De mi amor por Salinger y de extrañas parejas. De mi inexistente boda y de las vírgenes suicidas. De cómo perdí la ilusión por vivir, señorita corazón solitario, cansada de llevar sobre mis espaldas otras vidas que me pesaban demasiado…De manzanas y de nieve. De mi jugador de básquet, mi primer amor y el más querido…

Os dejo un poema de Ana Rossetti. Sabía que llegaría el día en que necesitaría publicarlo. Pero nunca creí que sería ahora...

NUEVE
No juegas ya conmigo, tan orgulloso estás que más allá de ti no necesitas nada. Tú observas incesante, sin embargo te olvidas de que yo te soy tan parecida que te describiría con la fidelidad de un espejo: tan semejante a ti que hasta podrías amarme sin temor a excederte.
Pero, si en desdeñarme persistes obstinado, no importa, esperaré. Mientras enhebro cintas de dulce terciopelo en el blanco entredós de una tira bordada o anchas randas de encaje infatigable labro, atisbando estaré el menor de tus gestos. Tan preciso lo retendré en mi rostro, tan exacto, que pasado algún tiempo ,cuando la edad viril, arrasándote tras derruir la seda delicada exija tus mejillas para sus arrayanes, tu pecho como un muro para enredar su hiedra, no tendrás más remedio que mirarme. Y te verás en mí, adolescente, inmóvil durante muchos años todavía.


De momento Emily seguirá hablando sobre cómo es el mundo…

miércoles, 21 de enero de 2009

HAY QUE VIVIR


Ayer me enviaron un listado con cosas que tengo y por las que se supone he de vivir:


-Una familia guapa. Entre ellos al Garufa, mi hermano. Añado a mis hermanas, cuñados, a los que quiero y a mis adorables sobrinos.
-Un ático al que siempre le da el sol, cuando éste quiere salir. Plantas que crecen y bulbos que florecen. Y un vecino al que espío y controlo, por si se cambia cada día de ropa interior.
-Tengo a Bruc, el perro mordedor.
-Tengo a un italiano que me levanta en brazos, me besa y me obliga a besarle. Y me pregunta sin cansarse si le quiero.
-Tengo un trabajo que me gusta.
-Tengo a mi amiga la bruja.
-Tengo a mi amigo el periodista. Hace veinte años que mantenemos la amistad y que me invita a macarrones.
-Tengo al futbolista que me cuida al perro.
-Tengo a mi madre, que ríe mientras lee a la familia Ulises.
-Tengo el don de imaginar historias.
-Tengo un aniversario que celebrar. Pronto hará dos años que tengo el blog. Y a mis comentaristas. Los hay de nuevos, que continúan, y los mismos que el primer día.
-Tengo la protectora de perros. Soy la presidenta.
-Tengo una hija ficticia, que me salvará este fin de semana.

Habré de hacerme a la idea de que sube la marea. (Estas palabras se las he robado a JB Humet)
Gràcies, furret.

jueves, 15 de enero de 2009

LA CURVA DE LA FELICIDAD


Hace dos días hablaban en la radio sobre la famosa curva de la felicidad. Hasta ahora hemos pensado que la culpa de que a los hombres les crezca la barriga la tiene la cerveza. Pero se ve que no es así. En el programa de radio que oía hicieron una pequeña encuesta a los hombres. Preguntaron si son más felices cuando están en pareja o si siguen solteros. Casi todas las respuestas fueron: somos más felices porque estamos más relajados. Comemos más, reímos más...Uno contestó: yo con mi anterior pareja era infeliz, y estaba delgado. Ahora tengo nueva pareja y soy feliz. Resultado: ha aparecido la curva de la felicidad.


Ahora, cuando veais hombres con su curva a cuestas, preguntadles si son felices. De paso os hago una pregunta. ¿Qué les ocurre a las mujeres si son felices? ¿Adelgazan o engordan?


martes, 6 de enero de 2009

MANZANAS


Homero utilizaba una sola palabra
para nombrar el cuerpo y la piel.
Safo se dormía sobre los pechos de sus amigas.
Etxepare* soñaba con mujeres desnudas.

Hace tiempo que todos callaron.

Hoy parece que hemos de ser perfectos también en la cama,
como esas manzanas rojas del supermercado,
demasiado perfectas.
Nos pedimos demasiado,
y casi nunca sucede lo que esperamos
de nosotros mismos, del otro o de la otra.
Las leyes son distintas al enredarse los cuerpos.

Homero utilizaba una sola palabra
para nombrar el cuerpo y la piel.
Safo se dormía sobre los pechos de sus amigas.
Etxepare soñaba con mujeres desnudas.

Aún me acuerdo del tiempo
en que pasábamos la noche en vela, abrazados,
como cachorros de tigre.

(* Beñat Etxepare. Poeta y clérigo anterior a la contrarreforma, autor del primer libro impreso en euskera, Lingua Vasconum Primitiae, en 1545.)

KIRMEN URIBE

Regalo de Reyes

domingo, 4 de enero de 2009

LA REINA DE LAS NIEVES


Hace una hora dormía. Pero ha vuelto a despertarme el frío que no puedo quitarme de encima. Y otra vez ese sueño que de vez en cuando acude a visitarme.

Miro mis manos y en ellas están las llaves de su casa. Abro la puerta con ellas y reconozco las escaleras que subía hace veinte años. Veo la puerta de su piso, y como la protagonista de Rebeca, traspaso el umbral sin hacer uso de las llaves que aún conservo en mis manos. Ya no consigo reconocer la casa. Ahora hay otros muebles, como si el piso hubiera estado abandonado durante mucho tiempo, y alguien de dudoso gusto se ha encargado de decorarlo otra vez. Hay armarios antiguos, las camas están cubiertas de colchas de retales mal cosidas y de extrañas combinaciones. Entro en el baño y abro los grifos del lavabo y de ellos sale el agua, pero es de color marrón. Las cañerías deben de estar oxidadas. Hace tiempo que no se usan. Me arrepiento de haberlos tocado, pues no consigo cerrarlos bien, y empiezan a gotear. Clap, clap, van cayendo una a una las gotas que en su día fueron transparentes.

Oigo unas voces, son conocidas. Me doy la vuelta y saludo a las tres mujeres que han entrado. Una de ellas, les enseña el piso. Seguramente las otras dos están interesadas en alquilarlo. Hablo con la mujer que muestra la casa y le digo: ¿No se te hace extraño volver a este lugar? Durante unos años fue la novia de uno de los dos jugadores de básquet. Me contesta que ya apenas recuerda nada, y ahora trabaja en una inmobiliaria. Tanto le da enseñar ese piso como otros. Para ella ya no significa nada. Sin embargo, yo sigo mirando la casa, como cuando cada día, paso por delante mientras paseo al perro.

Hace veinte años nevó. Pero no cayeron copos de nieve. Un duende perverso había creado un espejo, y lo que se veía a través de él estaba deformado. El mundo había dejado de ser un lugar agradable. El duende decidió volar hacia el cielo, cargado con el enorme espejo. Pensaba enseñárselo a los ángeles que allí vivían y divertirse a su costa. Reía tanto, que con los espasmos de su risa loca dejó caer el espejo, que se rompió en millones de pedazos. Tan pequeñitos eran, que se extendieron por todo el mundo.

Tuve tan mala suerte, que dos de ellos me alcanzaron cuando paseaba en compañía del jugador de básquet. Uno se clavó en mi ojo izquierdo. Se lo dije a mi acompañante y me miró el ojo, sin conseguir sacarme la esquirla que se había clavado en él. A partir de aquel momento, mi ojo izquierdo sólo veía lo desagradable del mundo. La vejez, la maldad, los celos, la envidia, la avaricia, la locura. Pero mi ojo derecho me compensaba la horrible visión. Él continuaba sano. El otro pedazo fue a clavarse directamente al corazón.

Ahora vivo con La Reina de las nieves. Durante el día duermo a sus pies, y consigo olvidarme del frío. Por la noche la acompaño en su trineo y sobrevolamos países lejanos mientras dejamos caer la nieve. La Reina me sonríe, y me cuenta que hoy nevará sobre los manzanos y las viñas. Los copos que se posarán en las ramas de los árboles beneficiarán las cosechas venideras. Yo tiemblo de frío y ella me tapa con su piel de oso. Regresamos a su castillo de hielo. Y vuelvo a dormirme a sus pies. Día tras día, hasta que alguien que me quiera, venga a por mí. Y llore sobre mi ojo izquierdo y sobre mi corazón. Sólo así conseguiré que el hielo que ya casi cubre completamente mi corazón empiece a derretirse.
 
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