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Per a Joan
Cada primeros de diciembre la misma historia. La empresa organiza una cena para agradecernos lo bien que trabajamos y hacernos ver lo felices que somos trabajando para ella. Se supone que somos afortunados. Nos juntan a todos en una furgoneta mercedes vito como a unos imbéciles y nos llevan a un restaurante de La Pineda. Y acabamos en una discoteca con una fiesta organizada exclusivamente para sus trabajadores.
Este año he decidido ir conduciendo mi propio vehículo. Para ahorrarme la sórdida fiesta que viene tras a la cena. Solemos acabar bailando completamente borrachos y totalmente desinhibidos. En la mano, un vaso medio vacío cuyo contenido suele acabar directamente sobre la pista. Lo que contribuye a los resbalones y a las consiguientes risas de los colegas.
Cuando llega el momento del juego de las sillas, justo en ese instante, yo desaparezco. Para evitar que me toque el premio de la chica ligera de ropa sentada a horcajadas sobre mí y tener que explicárselo luego a mi mujer.
Este año han reservado la cena en una brasería situada en la carretera de la costa. Llego con el tiempo justo de buscar la mesa en la que se sientan mis compañeros y me limito a mirar con desgana el menú que ofrecen. Me decido por el solomillo acompañado de verduras braseadas. Justo en el momento que levanto la mirada para pedir mi cena a la camarera, la veo. Me ajusto bien las gafas para ver mejor y creo que es ella. Hace veinte años que no nos vemos. Se mueve con ligereza entre las mesas, cargada con tres platos en cada brazo, como si se tratara de la cosa más natural del mundo.
Está concentrada en su trabajo y no dedica ni una sola mirada a los clientes. Con suerte, no reparará en mí. Me sirvo una copa de vino y me dedico a observarla. Físicamente está igual o al menos lo parece de lejos. Quizás un poco más delgada de cuando la conocí. Lleva el mismo peinado corto que tanto la favorecía, sólo que ahora un ligero flequillo a la moda cubre su frente.
Apenas toco la comida. Aparto con el tenedor lo que me gusta de lo que no y acabo comiendo solamente la carne. Ya he llenado cuatro veces mi copa para estar preparado por si en una de sus miradas, sus ojos se cruzan con los míos y me reconoce.
Hace veinte años se bajó de mi coche y se despidió con un “te deseo toda la suerte del mundo, pero no vuelvas a llamarme nunca más”. Con una gran frialdad acabó la relación que había empezado nueve meses atrás. No intenté retenerla. Había llegado el momento que tanto temí y nada pude hacer para conservarla. Aún duele recordarlo y me sirvo otra copa.
La cena ha terminado y los compañeros de trabajo están impacientes por abandonar el restaurante y seguir la fiesta en la discoteca. Me escondo entre ellos cuando paso junto a ella y salimos al exterior. Intentan convencerme para que siga con ellos, pero yo me dirijo hasta mi coche y me despido con un “hasta mañana y divertíos”.
Pero vuelvo a entrar en el restaurante y hablo con el encargado. Le pregunto a qué hora suelen acabar sus empleados, pues espero a uno de ellos. El tipo se resiste a darme la información pero le convenzo sacando un billete de número elevado. Lo acepta y me cuenta que a eso de la medianoche y por la puerta trasera del restaurante.
Vuelvo al coche y lo dirijo hacia la parte de detrás. Esperaré a que salga. No pasa ni media hora cuando ella aparece. Saca unas llaves del bolso y se encamina hacia un utilitario. Introduce la llave en la cerradura del coche, arranca y yo hago lo mismo. Evito encender las luces y la sigo. Para mi sorpresa sólo conduce unos metros. Vuelve a aparcar bajo unos pinos, como si quisiera ocultar el coche. Yo hago marcha atrás y vuelvo al mismo lugar donde estaba. Desde allí puedo verla sin que ella me vea.
Pasan los minutos y enciende un cigarrillo. Ha bajado la ventanilla y veo salir el humo del tabaco. Sigue fumando, como veinte años atrás. Ahora abre la puerta del coche y se baja. Me sorprende su nuevo atuendo. Lleva una cazadora estrecha, una falda cortísima y unas botas que le llegan hasta medio muslo. Empieza a caminar hacia la carretera. Decido bajarme del coche y seguirla, mirando de no hacer ruido y que se percate de mi presencia.
Se queda de pie al borde de la carretera y enciende otro cigarrillo. Mi corazón empieza a palpitar desbocado. Corro hacia mi coche, arranco y salgo por la entrada principal del restaurante. Estoy temblando. Me dirijo hacia donde está ella, mirando que otro vehículo no se me adelante. Le hago las luces y me paro en el arcén. Ella me ve y se encamina hacia mi coche seductoramente, balanceándose.
Sólo espero que no me reconozca y que mi aspecto sea lo suficientemente diferente al de aquel chico que ella dejó veinte años atrás. Ahora echo de menos fumar un cigarrillo. Ella me sonríe y abre la puerta del coche. Ya no puedo huir. Lo que haya de ser, será.
Este año he decidido ir conduciendo mi propio vehículo. Para ahorrarme la sórdida fiesta que viene tras a la cena. Solemos acabar bailando completamente borrachos y totalmente desinhibidos. En la mano, un vaso medio vacío cuyo contenido suele acabar directamente sobre la pista. Lo que contribuye a los resbalones y a las consiguientes risas de los colegas.
Cuando llega el momento del juego de las sillas, justo en ese instante, yo desaparezco. Para evitar que me toque el premio de la chica ligera de ropa sentada a horcajadas sobre mí y tener que explicárselo luego a mi mujer.
Este año han reservado la cena en una brasería situada en la carretera de la costa. Llego con el tiempo justo de buscar la mesa en la que se sientan mis compañeros y me limito a mirar con desgana el menú que ofrecen. Me decido por el solomillo acompañado de verduras braseadas. Justo en el momento que levanto la mirada para pedir mi cena a la camarera, la veo. Me ajusto bien las gafas para ver mejor y creo que es ella. Hace veinte años que no nos vemos. Se mueve con ligereza entre las mesas, cargada con tres platos en cada brazo, como si se tratara de la cosa más natural del mundo.
Está concentrada en su trabajo y no dedica ni una sola mirada a los clientes. Con suerte, no reparará en mí. Me sirvo una copa de vino y me dedico a observarla. Físicamente está igual o al menos lo parece de lejos. Quizás un poco más delgada de cuando la conocí. Lleva el mismo peinado corto que tanto la favorecía, sólo que ahora un ligero flequillo a la moda cubre su frente.
Apenas toco la comida. Aparto con el tenedor lo que me gusta de lo que no y acabo comiendo solamente la carne. Ya he llenado cuatro veces mi copa para estar preparado por si en una de sus miradas, sus ojos se cruzan con los míos y me reconoce.
Hace veinte años se bajó de mi coche y se despidió con un “te deseo toda la suerte del mundo, pero no vuelvas a llamarme nunca más”. Con una gran frialdad acabó la relación que había empezado nueve meses atrás. No intenté retenerla. Había llegado el momento que tanto temí y nada pude hacer para conservarla. Aún duele recordarlo y me sirvo otra copa.
La cena ha terminado y los compañeros de trabajo están impacientes por abandonar el restaurante y seguir la fiesta en la discoteca. Me escondo entre ellos cuando paso junto a ella y salimos al exterior. Intentan convencerme para que siga con ellos, pero yo me dirijo hasta mi coche y me despido con un “hasta mañana y divertíos”.
Pero vuelvo a entrar en el restaurante y hablo con el encargado. Le pregunto a qué hora suelen acabar sus empleados, pues espero a uno de ellos. El tipo se resiste a darme la información pero le convenzo sacando un billete de número elevado. Lo acepta y me cuenta que a eso de la medianoche y por la puerta trasera del restaurante.
Vuelvo al coche y lo dirijo hacia la parte de detrás. Esperaré a que salga. No pasa ni media hora cuando ella aparece. Saca unas llaves del bolso y se encamina hacia un utilitario. Introduce la llave en la cerradura del coche, arranca y yo hago lo mismo. Evito encender las luces y la sigo. Para mi sorpresa sólo conduce unos metros. Vuelve a aparcar bajo unos pinos, como si quisiera ocultar el coche. Yo hago marcha atrás y vuelvo al mismo lugar donde estaba. Desde allí puedo verla sin que ella me vea.
Pasan los minutos y enciende un cigarrillo. Ha bajado la ventanilla y veo salir el humo del tabaco. Sigue fumando, como veinte años atrás. Ahora abre la puerta del coche y se baja. Me sorprende su nuevo atuendo. Lleva una cazadora estrecha, una falda cortísima y unas botas que le llegan hasta medio muslo. Empieza a caminar hacia la carretera. Decido bajarme del coche y seguirla, mirando de no hacer ruido y que se percate de mi presencia.
Se queda de pie al borde de la carretera y enciende otro cigarrillo. Mi corazón empieza a palpitar desbocado. Corro hacia mi coche, arranco y salgo por la entrada principal del restaurante. Estoy temblando. Me dirijo hacia donde está ella, mirando que otro vehículo no se me adelante. Le hago las luces y me paro en el arcén. Ella me ve y se encamina hacia mi coche seductoramente, balanceándose.
Sólo espero que no me reconozca y que mi aspecto sea lo suficientemente diferente al de aquel chico que ella dejó veinte años atrás. Ahora echo de menos fumar un cigarrillo. Ella me sonríe y abre la puerta del coche. Ya no puedo huir. Lo que haya de ser, será.






