
lunes, 31 de diciembre de 2007
viernes, 21 de diciembre de 2007
CUENTO DE NAVIDAD PARA UN PASEANTE

Siempre que me llamaba, yo encontraba el pretexto ideal para quedarme en casa, y casi siempre eran razones de trabajo, que no la convencían.
Pero aquel año ella insistió, en Nochebuena teníamos que cenar con su familia: “Ya no valen más excusas.” Había llegado el momento de entrar en casa y que los suyos me conocieran. Tenían que dar su aprobación, no nos engañemos. Y de esto no me escapaba.
No obstante, yo quería estar más solo que nunca. Odiaba las formalidades, las buenas intenciones y todos aquellos intercambios de regalos en los que la gente se empeñaba.
En días como aquellos, en los que el mundo quería ser feliz, yo me esforzaba en ser más infeliz que nunca.
Recordaba mi infancia, junto a mi familia, en el pueblo. Los duros días de invierno y la eterna nieve que nos aislaba. Veía aquella cocina pequeña y oscura, lugar de reunión al caer la tarde, de vuelta ya del colegio. Los deberes, la cena que nos preparaba nuestra madre… Después, una puerta se abría, y escuchábamos los pasos cansados del padre. Era el momento de ir a dormir. Esta costumbre solo la rompíamos la víspera de Navidad, cuando mamá nos dejaba quedar hasta tarde para preparar entre todos la comida del día después. Y era papá el que se iba pronto a dormir, para mostrarse sorprendido a la mañana siguiente. Pero para nosotros no habría sorpresas ni regalos.
Sabía que nada podía devolverme al pasado y recordándolo me iba ahogando en mi propia miseria particular. Volvía a verme en aquel pueblo que me quedaba pequeño, y me veía en esta ciudad, ahora demasiado grande.
Finalmente cedí a sus ruegos, y como no tenía aún su regalo, bajé al centro con la intención de comprar lo justo y necesario para ella. Después de visitar innumerables tiendas, borracho de escaparates engalanados, desistí, aburrido y desilusionado. Me presentaría en su casa con las manos vacías. Seguro que ella encontraría una excusa para justificarme delante de los suyos.
De camino a la casa de mis futuros padres, pasé por una de esas tiendas de pajaritos. En su escaparate, adornado con lucecitas y tiras de plata, un simpático perro parecía buscar amo. Allí estaba. El regalo ideal me tentaba, incitándome para que cruzara la puerta y me interesara por él. Mientras me preguntaba porqué solo quedaba aquel cachorro, el encargado de la tienda se apresuró a decirme que era una perrita, y que no llevaba demasiados quebraderos de cabeza. Pensé que a mi novia le gustaban los animalitos, ¡qué mejor regalo!
Ya en la calle, tuve que llevarla en brazos. Parecía que ella no quería lucir el sofisticado collar de piedrecillas brillantes que el vendedor había elegido para ella y dejarse arrastrar calle abajo. Bien cobijada entre mis brazos, empezó a lamerme orejas y cuello, como si quisiera agradecerme que la sacara de aquel inmundo cajón solitario. Sus preciosos ojos no perdían detalle de todo lo que estaba viendo. Como el frío ya se dejaba sentir, le hice un hueco entre mi jersey de lana y el abrigo, y se durmió.
Al fin di con la casa que buscaba. Ofrecí la perrita a la que había de ser su dueña, pero ella no pareció entenderlo así y le mordió una mano. “¡Dios mío, no, es celosa!” Mi novia no contestó a mi exclamación y me di cuenta de que no habíamos empezado con buen pie.
La cena comenzó mal. Ella no quería bajar de mis brazos, y en el único momento que lo conseguí, aprovechó para orinar camino de la cocina, donde rechazó los huesos que allí le ofrecían. Me miró indignada: “¡Esto no es lo que como yo!” Y con el hocico pareció señalarme el trozo de tarta que me estaban sirviendo.
Si alguien desde fuera nos estuviera mirando, habría visto una revoltosa perrita haciendo su voluntad, la cara larga de mis suegros y la expresión de mi novia pidiéndome que me marchara.
Salimos de su casa con las orejas gachas y riendo entre dientes.
Qué puedo contaros ahora. Fueron las mejores navidades desde hacía mucho tiempo. Días felices en los que ella se empeñó en hacerme feliz. No volví a ver a mi novia. Me obligó a elegir entre ella y la perrita, y yo preferí quedarme con la segunda.
Desde entonces, no vivo en la tierra: no me hace reproches, no me riñe si bebo o fumo más de la cuenta... aunque si el humo le va a la cara, tose. Agradece la comida que yo le preparo y espera con impaciencia a que vuelva del trabajo, recibiéndome con saltos de entusiasmo y alegría. Sobra decir que rechazó el capazo que le preparé, prefiere mi cama –“es más grande y cómoda”, parece decirme– y yo cedo a todos sus caprichos como un tonto enamorado.
Ahora, si algún amigo me llama para salir, ella levanta una ceja para prevenirme. Ni hablar, ella no se queda en casa sola y yo con una excusa ya no alego motivos de trabajo, sino de amor.
Pero aquel año ella insistió, en Nochebuena teníamos que cenar con su familia: “Ya no valen más excusas.” Había llegado el momento de entrar en casa y que los suyos me conocieran. Tenían que dar su aprobación, no nos engañemos. Y de esto no me escapaba.
No obstante, yo quería estar más solo que nunca. Odiaba las formalidades, las buenas intenciones y todos aquellos intercambios de regalos en los que la gente se empeñaba.
En días como aquellos, en los que el mundo quería ser feliz, yo me esforzaba en ser más infeliz que nunca.
Recordaba mi infancia, junto a mi familia, en el pueblo. Los duros días de invierno y la eterna nieve que nos aislaba. Veía aquella cocina pequeña y oscura, lugar de reunión al caer la tarde, de vuelta ya del colegio. Los deberes, la cena que nos preparaba nuestra madre… Después, una puerta se abría, y escuchábamos los pasos cansados del padre. Era el momento de ir a dormir. Esta costumbre solo la rompíamos la víspera de Navidad, cuando mamá nos dejaba quedar hasta tarde para preparar entre todos la comida del día después. Y era papá el que se iba pronto a dormir, para mostrarse sorprendido a la mañana siguiente. Pero para nosotros no habría sorpresas ni regalos.
Sabía que nada podía devolverme al pasado y recordándolo me iba ahogando en mi propia miseria particular. Volvía a verme en aquel pueblo que me quedaba pequeño, y me veía en esta ciudad, ahora demasiado grande.
Finalmente cedí a sus ruegos, y como no tenía aún su regalo, bajé al centro con la intención de comprar lo justo y necesario para ella. Después de visitar innumerables tiendas, borracho de escaparates engalanados, desistí, aburrido y desilusionado. Me presentaría en su casa con las manos vacías. Seguro que ella encontraría una excusa para justificarme delante de los suyos.
De camino a la casa de mis futuros padres, pasé por una de esas tiendas de pajaritos. En su escaparate, adornado con lucecitas y tiras de plata, un simpático perro parecía buscar amo. Allí estaba. El regalo ideal me tentaba, incitándome para que cruzara la puerta y me interesara por él. Mientras me preguntaba porqué solo quedaba aquel cachorro, el encargado de la tienda se apresuró a decirme que era una perrita, y que no llevaba demasiados quebraderos de cabeza. Pensé que a mi novia le gustaban los animalitos, ¡qué mejor regalo!
Ya en la calle, tuve que llevarla en brazos. Parecía que ella no quería lucir el sofisticado collar de piedrecillas brillantes que el vendedor había elegido para ella y dejarse arrastrar calle abajo. Bien cobijada entre mis brazos, empezó a lamerme orejas y cuello, como si quisiera agradecerme que la sacara de aquel inmundo cajón solitario. Sus preciosos ojos no perdían detalle de todo lo que estaba viendo. Como el frío ya se dejaba sentir, le hice un hueco entre mi jersey de lana y el abrigo, y se durmió.
Al fin di con la casa que buscaba. Ofrecí la perrita a la que había de ser su dueña, pero ella no pareció entenderlo así y le mordió una mano. “¡Dios mío, no, es celosa!” Mi novia no contestó a mi exclamación y me di cuenta de que no habíamos empezado con buen pie.
La cena comenzó mal. Ella no quería bajar de mis brazos, y en el único momento que lo conseguí, aprovechó para orinar camino de la cocina, donde rechazó los huesos que allí le ofrecían. Me miró indignada: “¡Esto no es lo que como yo!” Y con el hocico pareció señalarme el trozo de tarta que me estaban sirviendo.
Si alguien desde fuera nos estuviera mirando, habría visto una revoltosa perrita haciendo su voluntad, la cara larga de mis suegros y la expresión de mi novia pidiéndome que me marchara.
Salimos de su casa con las orejas gachas y riendo entre dientes.
Qué puedo contaros ahora. Fueron las mejores navidades desde hacía mucho tiempo. Días felices en los que ella se empeñó en hacerme feliz. No volví a ver a mi novia. Me obligó a elegir entre ella y la perrita, y yo preferí quedarme con la segunda.
Desde entonces, no vivo en la tierra: no me hace reproches, no me riñe si bebo o fumo más de la cuenta... aunque si el humo le va a la cara, tose. Agradece la comida que yo le preparo y espera con impaciencia a que vuelva del trabajo, recibiéndome con saltos de entusiasmo y alegría. Sobra decir que rechazó el capazo que le preparé, prefiere mi cama –“es más grande y cómoda”, parece decirme– y yo cedo a todos sus caprichos como un tonto enamorado.
Ahora, si algún amigo me llama para salir, ella levanta una ceja para prevenirme. Ni hablar, ella no se queda en casa sola y yo con una excusa ya no alego motivos de trabajo, sino de amor.
sábado, 15 de diciembre de 2007
PERROS
lunes, 3 de diciembre de 2007
BAJO EL SIGNO DEL DRAGÓN

Siempre he pensado que las chicas se dividen en dos grupos, las que montan en bicicleta, y las que no. Conozco a una de esas chicas, parece que flotan, sus pies apenas rozan el suelo, a sus cabellos, siempre los mece el viento.Son etéreas como princesas. Si alguien les esconde un guisante bajo su colchón, duermen mal.
Mi madre nos la llevó a casa un día de verano, lo recuerdo perfectamente, vestida con una camisita de hilo rosa y un chupete en la boca. Le pregunté a mi madre si la podía coger en brazos, y me dijo, sí, pero con muchísimo cuidado. Ha sido siempre la alegría de la casa, nuestro juguete. Hemos compartido juegos, deberes, chocolate caliente, pan con tomate, a Coppini, Hedy y ahora, a Bruc ( si vierais cómo la quiere...) idas y venidas, del cole a casa, de casa a música. Cuando llovía, yo me encargaba de irla a buscar con el 850. Coppini sentada en la bandeja del coche, la música, Vereda Tropical. Siempre dijimos que cuando ella estudiara en Barcelona, yo iría a cuidarla y nos llevaríamos a la perrita. Se lo contó a su madre y ella le repondió: on pararà la Coppini! Qué forma de decirle que la perrita no viviría eternamente!
Con ella siempre me he sentido como la tía mágica de Truman Capote, aquella mujer que le cuidó de niño, que cocinaba galletas y pasteles, para que el niño nunca se sintiera solo. O la tía Polly de Tom Sawyer, que le daba con el dedal en la cabeza, cuando éste se portaba mal. No creo que yo hubiera sido una buena madre, demasiado anárquica y dispersa, pero creo que he sido una buena tía...
Un día, llegó muy malhumorada del colegio. Llevaba muchísimas divisiones y no podría ver Bola de Drac. Le dije que empezara a dividir, que yo le acabaría las cuentas. Mi hermana Bego dijo que si tuviera hijos, los apartaría de mi influencia, y mi hermano respondió: huy, sí! si tienes un hijo, lo llevarás a inglés, a tenis, a...La niña, levantó la mirada y añadió, pobre niño...Años después, mi hermana me pidió que cuidara de sus dos hijos. No he debido ser tan mala influencia.
Mis mejores nocheviejas han sido las que he pasado a su lado. Un año, mi madre nos compró tres bragas rojas, para que empezáramos bien el año. Para mí, para la niña...y para Coppini. Y aquella noche dormimos con bragas rojas, sí señor!
Hemos pasado de todo, bueno y malo, pero siempre que estamos juntas, reímos mucho. Vivimos el presente. Hay semanas que se hacen largas, y mi moral empieza a decaer. Pero luego, suena una llamada, o el timbre de la puerta, es ella, y la fiesta continúa.
Le encanta salir, conoce a todo el mundo, y son los demás, los que se acercan a saludarla. Cuando caminamos juntas por la calle, la gente la mira. Creo que ha debido de provocar más de un accidente. Tiene aire.
Está dotada de un don, el de la escritura. No sé en qué parte de su cabecita se esconden las palabras. Deben de ser nubes que la acompañan, pero no nubarrones, sino nubes blancas que sueltan su lluvia en forma de letras. Y ella las une sabiamente.
Es periodista, reportera tribulete. Me cuenta sus entrevistas con escritores. Un día la lleva Baltasar Porcel en su coche, otro está tomando un café con los Antònia Font. El mundo se enamora de ella, yo lo sé. Y ella, también quiere al mundo.
Vive en Gràcia, y si la veis, decidle que la quiero mucho. Por cierto, hoy cumple veinticuatro años.
sábado, 24 de noviembre de 2007
EL PEQUEÑO LORD
El pequeño Lord, antes del té, da un paseo por los bosques que rodean su mansión isabelina, no sin antes cogerme sin permiso, la bufanda que ha tejido Mary Kate. Me ha dicho, que es de los mismos colores que el roble bajo el cual descansa, en su retorno a casa. Cuando le he visto venir por el camino arrastrando la bufanda, se le habían pegado ramitas y hojas del árbol, y no me he atrevido a regañarle. Me ha preguntado quién es Mary Kate y le he contestado: una chica maravillosa.
sábado, 17 de noviembre de 2007
GENEROSIDAD

Un día escuchaba un programa de intercambios que emiten antes de mis queridos Clapés y Marcel.lí, y oí cómo una mujer decía que no había podido acabar un libro porque faltaban los dos últimos capítulos de El Secreto de la Solterona, pues era muy antiguo y ni en las bibliotecas ni en librerías lo había podido encontrar. Pues resulta que el libro lo tengo yo, un poco ajado pero enterito. Me levanté, envié un e-mail con mi número de teléfono para que se pusiera en contacto conmigo y ahí quedó la cosa. Al cabo de un mes sonó el móvil : Hola, escribiste a Rac1 hace tiempo? Yo? no....me había olvidado del tema, Ah! sí, sí, dígame... Me dió sus datos y le envié esos dos capítulos. Como eran largos, le pedí a una hermana que me hiciera las fotocopias, sin darle ninguna explicación. Mi hermana hizo el encargo y me dió los papeles, y me preguntó para qué los quería, nada, cosas mías...Tomando el café con mi hermana, mi cuñado y una tía, volvió a insistir, para qué los quería? Bueno, les expliqué el tema y se rieron todos, moviendo la cabeza, como queriendo decir, esta Emily....Qué quieren que les diga, cómo iba a dejar que esa señora no se enterara del final de la novela...hubiera podido actuar de forma diferente, y hacer como si el tema no fuera conmigo, pero...
Esta semana le pedí a Joanet alias Paseante, que me corrigiera un relato, y en menudo berenjenal le puse, pero me ha dedicado unas horas de su vida en el encargo, y él sabe lo bien que lo ha hecho. A ver si esta tarde me aplico y lo reescribo. Mary Kate, prepárate que voy a pintar un cuadro y me arreglas las manos de la chica, ya sabes lo difícil que es que te queden bien!
Me gustan estas relaciones con gente que no conocemos de nada, pero que haríamos lo que fuera por ayudarles, sea lo que sea, (bueno, es un decir...) y espero que las relaciones continuen, y que aunque cambiáramos de vida podamos siempre permanecer en contacto...como aquel librero de Londres y la mujer de Nueva York que le compraba sus libros. Su relación no fue más allá de cartas, paquetes por Navidad...nunca se conocieron en persona... un día ella fue a verle a Londres pero él ya había muerto. Espero que a nosotros no nos pase lo mismo.
martes, 13 de noviembre de 2007
VOLVER A SER UN NIÑO

Estos días ya van pasando por televisión los inevitables anuncios de juguetes y me he dado cuenta que se va mejorando en el tema...a veces pienso cuál de ellos me pediría, de todos me ha gustado la Barbie que tiene un perro y un gato, les das de comer una galleta y acto seguido hacen la faena, e incluyen un recogedor de cacas poco práctico, la verdad, lo mejor es la bolsita negra. Luego el Uno, con el que juego con mis sobrinos, y siempre me ganan ellos, pero al dómino soy un crack. Me ha gustado la casita de muñecas de Lego, me la compraría...paso del tema de los puzzles, carezco de paciencia y de sitio para tenerlo parado. A mí me gustan los muñecos, esos a los que le das la comida, se resfrían, les pones el termómetro...eso, ya de mayor se me ha dado bien, debe ser porque de pequeña siempre tuve un muñeco, y la práctica influye.
En casa hemos sido cuatro niños, lo que significaba un buen dispendio en regalos, y por eso si pedía un muñeco de una marca determinada, pues me llevaban uno sin marca, pero mi madre me hacía trajecitos de lana y un capazo con sábanas y colchón y acababa siendo la envidia de mis comadres, que tenian el muñeco de marca pero sin esos conjuntitos tan monos.
Estaba el Hogarín, que nos trajeron unos tíos ricos y era para compartir con mis hermanas, eso creo. Un día de celos y rabieta una de mis hermanas pegó con cola todos los enseres de la cocina, los botes, las copas, los armarios dejaron de ser practicables y hubo un disgusto tremendo.
Estaba el Tente, que era lo que más me gustaba después de los muñecos, la contrucción de casas.
Luego la Nancy, a la que le corté el flequillo pensando que le volvería a crecer...
Mi hermanito era el ahijado de mi tía rica, lo cual le llevaba a ser el consentido, el que tenía los regalos más buenos...a él le compraron una bici, a las chicas nunca, y cuando mi padre se compró una bici de carretera, pues la compró de hombre, con aquel cuadro en medio de las piernas tan incómodo, así que nunca subimos a ella. Ahora la bici se pudre en el taller...
Le he preguntado a mi hermano cuántos Madelman tiene ahora de una colección que se compró, unos cuarenta me dice, los guarda en un armario, imaginen los cuarenta Madelman queriendo salir del armario...y por cierto, me ha dicho, el otro día en eBay ofrecían 3000 euros por el Madelman que me tiraste a la basura, y yo le he contestado: pues haberte ido antes de casa, hombre! y es que yo en un arrebato de limpieza y de mi manía de desprenderme del pasado,( yo era una punk-gótica-siniestra), para qué quería todos los juguetes, ya había zanjado el tema de la infancia y estaba en plena adolescencia!
Hará unos cuatro años, en Londres, fuimos a Hamleys, un verdadero paraíso para los niños, una juguetería enorme, me lo hubiera comprado todo, supongo que realmente nunca dejamos de ser niños y hasta ligué con un empleado de eso que hacen demostraciones, me preguntó de dónde era, qué poco inglesa debo parecer, y en mi poco inglés estuvimos hablando un poco, y no me digan que lo que quería era colocarme un juguete! Pero me pregunto qué debió ver en una chica de treinta y tantos :) que custodiaba un carrito de bebé. El tipo era bien guapo y mucho más joven que yo, qué le voy a hacer, le debía de recordar a su mamá...
Pues no sé qué me voy a pedir...voy a seguir mirando anuncios.
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martes, 6 de noviembre de 2007
OLIVE SE VA A ISRAEL
EL FANTASMA Y LA SRA MUIR

Lucy Muir es una joven que ha quedado viuda recientemente, y a su cargo han quedado su hija pequeña, su fiel criada y un perro. Para alejarse de todo decide emprender una nueva vida cerca del mar y así se libra de la compañía de su suegra y una insoportable cuñada, viviendo de las rentas que le dejó su marido, un insignificante arquitecto. Frente al mar alquila una casa con un fantasma, el antiguo dueño, un lobo de mar, que se suicidó. En un principio, el fantasma la quiere asustar para que huya y deje en paz la casa, pero ella no se amilana, y se encara al fantasma para decirle que ella no abandonará la casa, pues esta casa es su sueño y no piensa renunciar a él. El fantasma accede a compartir la vivienda, pues ya desde el primer encuentro ha surgido una relación de admiración mutua, que acabará en amor por parte del marino hacia ella.
Pero es entonces, cuando ella empieza a ser feliz por primera vez en su vida, llegan la suegra y la cuñada y le comunican que las minas de oro se han agotado y han dejado de producir beneficios, y la quieren convencer para que regrese junto a ellas, pero el fantasma le pide que se quede, ya encontraran una solución, y es el mismos fantasma quien las echa con cajas destempladas a la mismísima calle.
Como los pagos apremian, el fantasma le dice que escribiran juntos sus memorias, él dictará y ella mecanografiará, y es aquí cuando empieza una relación de complicidad entre los dos, cuando él relata su vida, desde su niñez junto a su tía, pasando por su primer barco, sus travesías por el mar y los innumerables devaneos con el sexo femenino. Esta es la mejor parte, pues se les ve felices juntos, y cuando terminan de escribir las memorias, ella le pregunta qué van a hacer a partir de ahora, qué será de su vida, y él le dice que salga a ver mundo y que conozca a otras gentes, no sabe que con estas palabras, ella va a empezar otra vida en la que ya no habrá sitio para él...
El día que ella visita al editor, conoce a un escritor de libros para niños, que empieza a flirtear con ella, y se queda admirado cuando ve que finalmente van a publicar su libro, las divertidas andanzas de un marino.
Aquí comienza una vida más tranquila económicamente para ella, puede comprar la casa junto al mar, pero también es el principio del fin de su vida junto al marino, pues ella accede a una relación con el escritor, con el consecuente enfado del marino. El fantasma le dice que ella se ha dejado engatusar por un ser que no está a su altura y ella le contesta que no ha hecho más que seguir su consejo: el de salir y conocer a otra gente, con lo cual el marino ha perdido la partida, y cuando ella se acuesta, él le hace una última visita, cuendo ella ya está dormida, y se despide de ella con un: adiós, mi amor, que te deja con el ánimo por los suelos.
No sigo y os dejo con la miel en los labios, os aconsejo que busquéis la película, la compréis, la bajéis, lo que sea con tal de tenerla, y disfrutad de una plácida tarde como la que tuve el sábado, cosiendo retales y con la estimable compañía de mi querido Bruc durmiendo a mi lado y si no, nos encontramos, hago chocolate caliente, os dejo unas mantitas y el sofá de mi casa y hasta os presento a Bruc...pero antes una reflexión que me hice: qué elegiría yo? una vida irreal junto a un fantasma irresistible o una vida real junto a un hombre de carne y hueso, pero que acabará haciendome infeliz?
Yo ya tengo la respuesta!
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