lunes, 10 de octubre de 2011

GARAJE SÉNECA






Esta mañana he hecho algo de lo que debería de avergonzarme, pero no ha sido así. He logrado vencer la timidez que me caracteriza y he llamado al timbre de un establecimiento que acababa de subir la persiana para recibir a los clientes madrugadores como yo. He depositado la mercancía de la cual quería desprenderme sin mediar palabra con el hombre que me atendía detrás del mostrador. Hablaba por teléfono mientras apuntaba en un papel el valor del oro que, por suerte para mí, había subido. Cuando me ha dicho lo que iba a darme a cambio de lo que había pesado momentos antes en una báscula de precisión, no he podido disimular mi asombro. Hoy, lunes por la mañana de un día soleado para mí, de repente soy rica.

Bruc y yo somos afortunados. Con dinero en el bolsillo y un amor para las seis. Y he hecho lo que hacen todas las mujeres del mundo menos yo: pensar en qué gastaría el dinero conseguido sin sudar una gota. Como ayer domingo tuve mi primer día triste en la ciudad, -¿quién inventó los domingos?- hoy me recompensaría yendo de compras.

Y así lo he hecho, caminando deprisa como si alguien me esperara. Voy a pie a todos los sitios para conocer la ciudad y no perderme, algo que como mi timidez, me caracteriza. He decidido tomar la calle Séneca buscando la sombra. Y de repente frente a mí, un lugar que he reconocido de inmediato: el Garaje Séneca. Sigue aquí, marrón, inmenso, cerrado. Y sin quererlo, he vuelto a tener siete años. Lo he contemplado mientras me liaba un cigarrillo. Lo que me acababa de pasar, reconocer un edificio después de tantos años, merecía un descanso. Y mientras fumaba he recordado:

Tengo siete años. Mis padres, mis hermanos y yo vivimos en la casa frente al canal. Mis abuelos están a punto de salir de viaje hacia Barcelona. Mi hermana B. es la elegida para viajar con ellos y en el último momento se indispone. Qué rabia para ella y qué alegría para mí cuando oigo: ¿Emily, quieres venir tú? Es Rosita quien habla, mi abuela materna. No creo que yo diga nada, pero salto a cancha rápidamente como el jugador que espera pacientemente su oportunidad de dejar de calentar banquillo. Mi madre prepara mi ropa interior, mi pijama y una muda, por si tenemos un percance. Me voy a Barcelona. Subo al asiento posterior del mercedes oscuro que mi abuelo Juanito debe llevar a revisión y me despido de mis padres agitando una mano. ¿Sonrío? Creo que no. O quizá sí. De este viaje sólo recuerdo las luces de los coches que no cruzamos por la carretera de la costa que nos lleva a la ciudad. La cena en un restaurante de la capital. Mi abuela me pide espaguetis, pollo frito y por primera vez en mi vida como aros de cebolla rebozados. Quiero un café como mis abuelos. Me siento adulta, pero hago una mueca de disgusto al probarlo. Es amargo. Juanito sonríe y enciende un cigarrillo. Siempre sonríe. Y Rosita está de buen humor. No recuerdo haber dormido. Sólo sé que a la mañana siguiente mi abuelo conduce el mercedes hacia el Garaje Séneca, marrón, inmenso, que se traga el automóvil y a mí con él. Nada más.

Vuelvo a casa con menos dinero en el bolsillo. Ahora tengo cuarenta y cinco años. Me siento bien, como quien se enamora por primera vez, con alas en lugar de mis pies doloridos por las caminatas. La ciudad me gusta y creo que yo a ella también. Miro un escaparate de ropa infantil. Me atrae un vestido de aire japonés para la niña rubia. Se lo compraré un día de estos, en una próxima salida. Me compro un croissant y le guardo una de sus patas para Bruc. La niña rubia está demasiado lejos. La echo de menos…

viernes, 30 de septiembre de 2011

EL ÚLTIMO CROISSANT

Aunque no suelo tener nostalgia cuando algo termina, hoy se me han escapado unas lágrimas cuando le he dicho adiós a Sirga, la cocker dorada del estanco. Todos los lunes la hemos ido a ver la niña rubia y yo. También nos hemos comido el último croissant juntas. La pequeña la pata del mismo, para mí el resto. Ayer me despedí de la peluquera que me ha cortado el flequillo a una altura imposible de que me favorezca. Nos deseamos suerte mutuamente. Ella espera a su primer hijo, una niña rubia seguramente. Este fin de semana me despediré de la playa con un último baño en compañía de Francesca y de Imma, las amigas cincuentonas de Bruc. A Francesca le he dejado en herencia mi playa. No sé cuándo podré volver a pisarla. La dejo en buenas manos. También me despediré del ático que me ha acogido estos dos últimos años. Se puede decir que allí he sido feliz. Le escribiré una carta al fantasma que vivía en él por si quiere volver. Que me lo cuide en mi ausencia. Añoraré a la niña rubia, claro, aunque la deje en buenas manos.
Pero aunque suene estúpido, lo que más me duele dejar es a mi coche. Miraré de buscarle un lugar para que esté calentito este invierno. Tan pronto como pueda volveré a por él.
El setter volverá con sus dueños, recién operado y en forma para poder soportar a los dos jack russel terrier con los que convivirá a partir de la semana que viene. Seguremente acabaré añorando que me pise los pies, algo que aborrezco, y que me persiga por toda la casa en cuanto abro la nevera para comer algo.
En compensación a todas estas despedidas diré que me espera otra niña rubia, mi hija ficticia. Y aunque se me encoja el corazón de sólo pensar que a mis cuarenta y cinco años aún busco mi lugar en el mundo, en su compañía será más llevadero. Al fin se cumplirá nuestro sueño de vivir juntas, aunque sea Bruc y no Coppini quien ocupe su lugar. Él será el encargado de mantener alejado al gato que se ha enamorado de mi hija y que le regala pájaros muertos como prueba de su amor.
He querido escribir estas líneas, aunque sea deprisa y sin corregir, para que quede constancia en mi blog que hoy, treinta de septiembre del 201, me he comido el último croissant sentada en la plaza que da a la playa, en compañía de la niña rubia. A reveure, bonica.

lunes, 8 de agosto de 2011

LA CAJA DE COSTURA




Ante los ojos de un niño, una caja de costura esconde grandes tesoros. Agujas de coser, tijeras, botones sueltos, hilos…Esta mañana la niña rubia ha abierto aún más sus grandes ojos color de miel ante la visión de mi caja de costura. Es de madera, con un departamento para que todos las utensilios, -las agujas de apliqué, el dedal, los hilos-, estén en perfecto orden. No hay nada más frustrante que un costurero desordenado. Y además desmerece a su dueña. La mía me la regaló MK una tarde de noviembre en la que hubo intercambio de regalos. Para Joan una bufanda tejida por ella. Para mí la caja de costura y un collar. Para ella, una colcha de retales con gatos enredados como hilos. En todas las casas debería haber una aunque se use poco. Parece que son de otro tiempo, pero ¿acaso no hay siempre un botón de una camisa suelto, un calcetín con un agujero, una falda con el dobladillo descosido?

Esta mañana mientras cosía, me he acordado de la iaia Rosita y de cómo me mantenía entretenida las tardes de invierno a la salida del colegio. Cuando ya me había enseñado todos los juegos de cartas, cuando ya habíamos dibujado lo suficiente pero yo aún andaba aburrida, me pedía que le ordenara su caja de costura. La tarea me agradaba. Le desenredaba los hilos. Luego pasaba los botones por un hilo con la ayuda de una aguja, y estos quedaban agrupados según su tamaño y color. Después los guardábamos en aquellas cajitas de plástico de color naranja que mi tía MJ le llevaba a mi abuela de la farmacia en la que trabajaba. Lo que no consiguieron nunca ni ella ni mi madre es que me gustara coser. Me cansaba pronto, me faltaba la paciencia que se necesita para ello. Lo curioso es que luego dar puntadas sobre telas ha sido mi profesión.

Cuando termino una labor como hoy ha sido el caso, la miro satisfecha. Y ya busco un nuevo proyecto para coser sentada en el sofá antes de ir a dormir. Como he de ir pensando en lo que le regalaré a la niña rubia por Navidad, creo que ya es hora de que mi madre y yo le vistamos una cesta de mimbre en la que acostar a sus muñecos. Normalmente mi madre se ocupa de las sábanas. Las corta, borda estrellas de colores en el embozo y yo las coso a máquina. Y para que los muñecos no pasen frío, yo me encargo de coser retales para hacer una mini colcha de patchwork. Así pues, queda decidido. Manos a la obra.

Como desconozco si tendré trabajo este otoño, me voy a ocupar en enseñar a coser a mi hija y a su amiga Nurieta. Están entusiasmadas con la idea. Yo haré de profesora sabelotodo con las gafas en la punta de mi nariz y examinaré las puntadas en sus labores. Las reñiré por no usar el dedal, me reiré cuando se claven la aguja en algún dedo. Soy exigente y les haré descoser las costuras si éstas salen torcidas. Pues como diría mi madre: fent i desfent, s’adeprèn. Y volveremos a reír cuando sepan que según el dedo en que se pinchen, tendrán: gust, si se pinchan en el dedo gordo. Disgust, si es en el índice. Carta, en el dedo corazón. Declaració, si es en el anular y amor si la aguja se ha clavado en el meñique. Gust, disgust, carta, declaració, amor.

martes, 26 de julio de 2011

JOSEP Y ADI







Mi jornada laboral empieza a las siete de la mañana cuando le doy un biberón de leche a la niña rubia. Luego, mientras le preparo el baño, aprovecho para preparar la comida del mediodía. Suelo hacer dos o tres cosas a la vez, como si me faltara tiempo cuando en realidad me sobra. Ya tengo a la pequeña vestida y consulto el reloj: las ocho y media. Me miro en el espejo del lavabo y creo que voy a lavarme el pelo. Así gano tiempo, cuando en realidad me sobra. La niña se sienta en el escalón del cuarto de baño con las manos sobre la falda, como un angelito. Le gusta mirarme cuando me arreglo mientras juega con las pinzas de peluquera profesional. Caliento la plancha de alisar el cabello, para acabar pareciéndome a una china, en opinión de mi padre. Él siempre opina aunque no se lo haya pedido nadie...

Bueno, a otra cosa mariposa. Hoy dejaremos nuestra rutina de compra diaria de leche fresca y verduras y nos acercaremos a correos. Mandaremos la postal que le hemos escrito a un amigo que vive lejos. Se la debemos, fue su cumpleaños. Llegará con retraso, pero llegará. Nunca falto a mi cita desde hace tres años. Tendré ochenta y dos años y seguiré dibujando postales para él, aunque yo quizá viva en Australia y él en California.

Como vamos bien de tiempo, arrastro el cochecito de paseo con parsimonia. La niña rubia es simpática y reparte hola, hola, entre la gente que encuentra por la calle: turistas cargados con maletas, repartidores, paseantes con sus perros...Nos cruzamos con dos señoras de mediana edad. Nos sonríen:

-¡Qué simpática!
-Sí que lo es...
-¿Tendrías un momentito?
-Mmmm...
-Verás. Estamos dando a conocer la palabra de Dios y nuestra misión es advertir al mundo sobre la inminente llegada del fin del mundo.

Reflexiono unos segundos. Doncs a fer-ho que el món s'acaba...Pero mi respuesta grosera se atasca en la garganta. La mujer prosigue:

-Toma -busca un folleto en una carpeta de color marrón- léelo con atención. Te ayudará para preparar tu alma cuando llegue el fin de nuestros días.

-Mejor se lo dan a otra persona. Ahora estoy muy ocupada en el cuidado de la niña y apenas tengo tiempo para nada...

Las mujeres se despiden de mí con desánimo, mientras buscan con la mirada alguna otra alma incauta a la que atemorizar con sus predicciones.

Joder...¿Ahora va a acabarse el mundo? ¿Justamente ahora? Si la niña aún tiene que crecer. Si aún no me han librado de los brackets. Si he de sostener entre mis manos el cuento publicado. Si he de cambiar de vida...Ahora no puede acabarse el mundo...

Conforme me alejo de las dos visionarias me pregunto qué haría si me quedaran dos horas de vida, antes de que se acabe el mundo. Y pienso que volvería a casa.

Sí, vuelvo a casa con la niña dormida. En ella me espera mi marido. ¿Pero qué hace él en casa a la hora en que se supone debería estar trabajando? Le busco un empleo. Quizá trabaja en una fábrica y ha hecho el turno nocturno. No, no me gusta. Quizá es panadero y descansa por la mañana, cuando el resto del mundo está despierto. No. Si es panadero me pondría al frente de su negocio despachando pan y pasteles. Y yo lo que quiero es pasear a la niña rubia. Mejor es un escritor noctámbulo, con los biorritmos cambiados. Duerme hasta tarde y trabaja por la noche, aprovechando que en casa reina la calma. Por un momento he imaginado a Josep Pla como mi marido, acostado en su cama con la boina puesta y me he reído. Si él es Josep Pla, yo soy Adi Enberg. Sí, Josep y Adi, adjudicado. Eso seré dos horas antes de que se acabe el mundo. Y Adi volverá al hogar con pan recién hecho y tomates. Le preparará el desayuno al escritor. Se descalzará antes de entrar en el dormitorio para no despertarlo con el ruido de sus pasos sobre la tarima de madera. No quiere que se levante malhumorado. Se acuesta junto a él y le pide que la abrace.

Soy Adi y aún me quedan dos horas antes de que se acabe el mundo. Antes de que se acabe todo. Nanit, Adi. Nanit, Josep.

lunes, 25 de julio de 2011

HOWL

"Finalmente alguien me amaba como yo le amaba. Y por primera vez en mi vida, me sentí aceptado. Completamente."


jueves, 30 de junio de 2011

BRACKETS












Hoy me han dado la confirmación de la fecha que esperaba desde hace tanto tiempo: el 28 de julio, por fin, me quitan los brackets, llamados vulgarmente "hierros". Los he llevado durante casi tres años. En todo este tiempo me ha pasado de todo, pero lo mejor, mejor, es que he tenido éxito con los hombres. Hago recuento, a ver? mmmmmm. Sí. Bueno, tampoco tantos. Si en las mujeres he despertado compasión, ai, pobra, en los hombres he despertado ternura. Os cuento:
Se enamoró de mi humilde persona un músico valenciano. Tonteamos dos meses más o menos. Hasta la noche que le dije adiós después de un concierto de tangos. Antes me había pagado la cena con el dinero que ganó con su último bolo. Supongo que luego debió arrepentirse, lo de pagar la cena, pero no, creo no. Una pena, ya que me ofreció de pintar la terraza del ático de gratis.
Segundo: una noche necesité la ayuda de un operario del gas natural. La caldera del agua caliente no funcionaba. Era un guasón y me pidió de salir a tomar algo por ahí. Le dije que no, que estaba casada. No tienes pinta de casada. Bueno, es que él vive lejos y sólo viene los fines de semana, estará al caer. Como yo reía sin parar y trataba de ocultar los dientes me soltó: tía, ¡la ortodoncia mola! Le despedí con mis brackets a vista y cuando ya descansaba en el sofá, sonó el teléfono: ¿seguro que no quieres que te invite a una cerveza? No, que mi marido ya está en casa. He de colgar que es celoso... Tercero: un italiano me ofreció 300 euros si satisfacía su fantasía erótica de hacerlo con alguien que llevara ortodoncia. Le dije que no. Aún cuando me lo cruzo por la calle, me pellizca los mofletes y me dice: bella! Eres más guapa que Fiona, la novia de Shrek.
Mi sobrino Luigi me contestó a mi pregunta: ¿a que estoy fea con estos hierros en la boca? No, estás más guapa que nunca. Me lo creí, dicen que los niños nunca mienten.
Josep, una de las personas a las que más quiero en este mundo me preguntó por qué llevaba brackets. Le contesté que era una cuestión de autoestima. Endavant, doncs. Le sonreí y me abrazó.
Después hubo un tiempo de calma hasta noviembre del año pasado. Josep. Duró dos meses pero me enseñó a besar mientras nos reíamos de los hierros. Me queda un mes para aprovechar mi éxito con los hombres. A ver si aprendo y espabilo, que se'm passa l'arròs.
Conclusión. Si usted la que me lee quiere un hombre en su vida, que le diga guapa, le pague cenas, le pinte la terraza, le bese y le aumente la autoestima, ponga unos brackets en su vida. Su boca se lo agradecerá...

PS. Olvidaba al navegante que me regaló una rosa!

miércoles, 1 de junio de 2011

BLOGVILLE CONFIDENCIAL (sexo por compasión)




La vida en Blogville transcurre pacífica, demasiado. Hace dos años que aún convivimos todos los fundadores de la residencia geriátrica. Bueno, hay quien llega y se va, como Rita y Violette. También Fra Miquel se ha tomado unos días de descanso. Hay nuevos inquilinos que se apuntaron por no tener a nadie que les cuidara en la vejez, como Troyana. Y una pareja de científicos locos que se pasan el día encerrados en la buhardilla que dos años antes ocupaba el Veí: Xurri y su marido. Uno de los primeros nos abandona. Al menos, de momento. Aunque ha comprado un billete de ida y vuelta, pero ésta última sin cerrar. Me tiene mosca desde el día en que dejó de necesitar su bastón y salió por la puerta silbando una bossanova. Regresó cargado de bolsas de la planta joven del corteinglés. Dentro de ellas había media docena de camisas de estilo surfero y sus seis bermudas a juego. ¿Qué cómo lo sé? Porque tuvo la caradura de pedirme unos arreglillos de nada…Olvidaba decir que también vive con nosotros MK y su nórdico. En teoría viven aquí aunque apenas salen de su habitación, y no por estar impedidos, no. Lo contaré más tarde…

Os diré que Violette y Rita llevan dos meses viajando por la Índia en busca de Lahiri Mahayasa, el gurú de Yogananda. Tanta práctica de yoga y comida macrobiótica no podía llevar a nada bueno. En fin, que las echo de menos. Al menos sin Violette puedo fumar tranquilamente en la biblioteca. Me mandaba a chupar mis pestilentes cigarritos liados al jardín. Lloviera, nevara o cayera un sol que ajusticiara. Me pregunto cómo se lo hace Rita para fumar si comparten habitación allá donde estén. Preguntas como éstas me angustian.

Fra Miquel tiene lo que él llama un bajón de fe. A su edad, padre…Pasadas las últimas navidades, se fue al Desierto de las Palmas en busca de respuesta. Supongo que está bien. ¿Qué cómo lo sé? Porque cuando se fue registré su habitación: había dejado el cilicio en el cajón de su mesita de noche y se había llevado un cargamento de extrañas bolsitas de colorines made in Finlandia compradas unos días antes de su marcha en internet. No pude averigüar para qué eran porque oí los pasos renqueantes del Paseante y por poco me pilla in fraganti. Hubiera tenido que aguantar una charla del estilo: mira que te lo tengo dicho, Emily. No se hurga en cajones ajenos…

Ahora el jardín presenta un aspecto lamentable. Y hemos dejado de comer hortalizas frescas de la huerta. Ni el Veí ni el susodicho Paseante han querido hacerse cargo de él. Alegan alergia y lumbago respectivamente. Lumbago…ya te daré yo, Paseante. Pero yo cada día le doy de comer a la carpa del estanque. Me ofrecí voluntaria durante el tiempo que Fra Miquel se ha tomado de retiro. La cuido bien. Le guardo el pan seco y algún que otro mosquito que logro atrapar para ella.

Troyana es de las nuevas. Llegó a la residencia con un cargamento de películas de su época de directora de cine. En blanco y negro y subtituladas. Suerte que cuando nos invita a verlas, a mí me hace efecto la pastilla que me tomo para dormir y echo una cabezadita. Lo peor de todo es que cuando me voy a la cama no hay quien duerma. Es el momento MK. ¿Han probado de lograr el sueño cuando una pareja ha decidido amarse justo en el momento de cerrar los ojos? Ñic, ñic, ñic, ñic. Es insoportable. De nada me sirve golpear la pared con los nudillos, con la ayuda del tacón de un zapato o aporrear su puerta para protestar: son sordos los dos. ¡Así cualquiera! Lo peor de todo es que me siento fatal por protestar. Es muy duro que ella y su nórdico practiquen sexo mientras una pasa la mano por la pared. Yo no tengo sexo ni por compasión. Y lo echo de menos, vaya si lo echo de menos. Aunque acabo de cumplir 75 años hay una parte de mí que aún sigue despierta y no es el cerebro precisamente…

Como ya os he contado, ahora viven con nosotros una pareja de científicos: Xurri y Ferni. Están empeñados en demostrar el efecto beneficioso de los rayos gamma sobre las neuronas. Y como necesitaban cobayas para probarlo, nos ofrecimos voluntarios. Creo que la culpa de todo mi malestar físico es el jugo de pepinos que nos dan en ayunas para contrarrestar los posibles efectos adversos de sus rayos gamma. Aunque la mascarilla de pepino que prepara ella en la cocina me va de perlas para la piel.

Ahora sólo me queda hablar del tándem formado por el Veí y el Paseante.
El Paseante está raro. Bueno, siempre lo ha sido, pero ahora más. ¿Qué cómo lo sé? Porque por primera vez en lo que llevamos de convivencia, cada uno en su habitación, of course, se le ve feliz. Y no soy la causa de su felicidad, no, ¡joder! La causa de su repentina felicidad no es una viejita, no. Es una brasileña de pechos turgentes. ¡Qué cómo lo sé? Pues a los hechos me remito: ya no cojea. Ha dejado de fumar. Se compra camisas playeras. Toma el sol en la terraza para que “ella” le vea saludable cuando por fin se encuentren. Estoy destrozada. Tan destrozada que de momento dejo la crónica por hoy y salgo al jardín para dar de comer a la carpa y fumarme un cigarrito. Hace sol. Me siento en el borde de piedra del estanque y juego con Bruc. Aún le sigue gustando que le tire su pelota de tenis. Como un tontito. Ha envejecido, como yo. Se me escapan unas lágrimas de pena y me lame la cara. Está tan concentrado en su labor que no se da cuenta de que el Veí se ha unido a nosotros para hacernos un poco de compañía.

-Com anem?
-Nem fent…
-Ja ha marxat el carallot?
-Avui se’n va…
-Lia’m una cigarreta d’aquestes teves. La necessito.
-Si que estàs malament tu també…

El Veí calla. Callamos.

-Vols riure una estoneta? –de repente estoy animada.
-A veure…

Le cuento que hace dos días seguí al Paseante. Como me tenía mosca con sus sonrisas, sus suspiros, sus camisas estampadas y su billete de avión rumbo a Maracaibo llegué a la conclusión de que tenía que saber más. Até a Bruc con la excusa de su paseo matinal. El Paseante no caminaba, se balanceaba. Compró el Ara y se encaminó para leerlo sentado en su banco favorito del Turó Parc. Aquel que está junto al estanque. Esperé pacientemente, vigilando que Bruc no me delatara con sus ladridos. El futuro brasileño se tomó su tiempo. Cuando se cansó de leer, limpió los cristales de sus gafas con el delantero de su camisa floreada y siguió la marcha. Para mi sorpresa entró en una farmacia. Él, que en su vida se ha tragado ni un mísero ibuprofeno…Yo le miraba desde fuera, alargando el cuello para ver qué diantre envolvía el farmacéutico. Éste le hablaba al Paseante como si le aconsejara, señalando con el dedo tres cajas blancas. El Paseante asentía con la cabeza baja. Sí, sí, sí. Parecía impaciente por pagar. Guardó el paquete en el bolsillo derecho del pantalón y salió. Yo me oculté detrás de un árbol y esperé para que llegara a la residencia antes que yo.

-Quines pastilles va comprar? –me pregunta el Veí.
-Viagra. Les pastilletes blaves, ja saps.
-Ni idea, no em calen…
-Cony, no et calen perquè ja no fas res de res, com jo.
-Com ho saps?
-Cony, sembla mentida…si a mi no se m’escapa res del que passa a la resi.
-Sí, t’he fet una pregunta ben absurda…
-Bé, però el millor de tot està per venir…Ahir vaig comprar per internet jo també…I avui ja ho tinc a casa. He comprat tres capces de Piagra. Són de fabricacio xinesa, ja m’entens…

El Veí abre los ojos y asiente.

-Piagra per Viagra…El que donaria per veure la cara del carallot quan vegi que les pastilletes blaves no li funcionen…Ha, ha, ha. Ja té raó la Violette quan diu: ets la pera, Emily!

Los dos nos hemos animado. Finalmente el Veí se levanta para estirar las piernas. Parece querer abandonarme. Nos despedimos con dos besos. Da unos pasos y se gira para hablarme de nuevo.

-Què n’has fet de les pastilles bones?

Me pongo la mano en el bolsillo y saco un puñado de pastillas azules. Se las muestro con una sonrisa.

-No creus que és una llàstima no fer-les servir?
-És una proposició indecent, Veí? Finalment t’has decidit?
-Dona…si no tens res millor…
-Ves a dalt i espera’m. Vaig a buscar aigua...

Me quedo pensando. Tres cajas de viagra a 50 pastillas por caja: 150 pastillas azules. Una locura. Al fin sexo, por compasión, o no.

sábado, 21 de mayo de 2011

VOLANDO VOY



Com és que si, en teoria, sóc una dona complicada, la meva vida és tan simple?

domingo, 15 de mayo de 2011

LEJOS DEL MUNDANAL RUIDO





-No es cierto que se va, ¿verdad que no?

-Quizá me quedase con una condición. Únicamente con una condición.

-¿Cuál es?

-Esta: que donde quiera que yo mire, allí estés tú. Y donde quiera que tú mires, me veas a mí.

jueves, 5 de mayo de 2011

 
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