miércoles 28 de noviembre de 2007

LA BORDADORA Dedicado a Alatrencada


La joven bordadora dio las últimas puntadas, y aseguró el hilo cortándolo a ras con la ayuda de las tijeras. Apartó de sí el vestido y lo contempló con satisfacción, sabiendo que había hecho una gran obra. Sonrió y se frotó los ojos, cansados después de tantas jornadas de trabajo. En cada puntada dejaba un poco de su ser, como si cada vez que atravesaba la tela con la aguja, se escurriera un segundo de su vida. Había terminado justo a tiempo el encargo y lo entregaría dentro del plazo previsto aunque fuera a costa de su salud.
Un día se presentó en su casa la mismísima encargada del vestuario del Teatro de la Ópera. La destreza de la joven bordadora había llegado a sus oídos, y necesitaban un vestido especial para contentar a la soprano que encarnaría a Margueritte en Faust, que inauguraba la temporada. Juliette Lévy era la encarnación de la diva aunque ella lo negara, pero en el ambiente operístico eran bien conocidos sus caprichos, sus gustos caros y sus continuos cambios de humor. Todo le era perdonado porque poseía una voz única y en un mundo dominado por el gris de la desesperación un estallido de color era bienvenido. Cualquier evento que distrajera al gentío era bien visto por los círculos influyentes, siempre temerosos de nuevas revueltas, si el hambre acuciaba demasiado. Y aunque las panzas estuvieran vacías, si el alma estaba alegre ¡qué importaba el sonido de las tripas!
La sastra sabía cómo adular y satisfacer a la soprano, y se encargaba de que todo lo más exquisito fuera para mademoiselle Juliette –la mejor seda, las joyas más caras, las flores más fragrantes, los zapatos más adorables– no importaba ni dónde ni cómo, pero llegarían desde el lugar más remoto para engalanar a tan bella dama. Así que cuando conoció la existencia de la joven bordadora y de su destreza con la aguja, la mandó llamar. El primer cambio de impresiones resultó muy favorable, por lo que confió plenamente en la inteligencia y la habilidad de la muchacha y le encomendó la tarea del diseño y bordado del vestido que luciría Juliette en una de las escenas más importantes de Faust. Cuando Margueritte entona el “Aria de las Joyas” sería necesario el vestido más encantador que jamás se hubiese creado.
La joven bordadora sabía que no podía fallar, pues de su trabajo dependía el humor de la soprano, que la sastra conservara su empleo… y seguramente su propio futuro. Todo estaba pendiente de ese hilo. Así que se sumergió en horas de intensa creación, casi febriles, dibujando las formas a las que posteriormente daría vida con los hilos. Aquí y allá iban cayendo los trozos de papel, el lápiz bailaba sobre la seda; y cuando el cansancio se apoderaba de ella, se abrigaba bien y salía a la calle con la intención de despejarse y recuperar la –a veces– perdida inspiración. Fue de vuelta de uno de esos paseos cuando encontró en el portal un gato aterido de frío, resguardándose de los primeros copos de nieve que comenzaban a caer en las primeras horas de la tarde. Se compadeció de él, y aunque dudó un instante antes de cogerlo –el gato era negro– abandonó cualquier atisbo de superstición, lo recogió y lo envolvió en su capa. Esta noche le cobijaría en casa. Mañana, Dios diría…
Tardó poco en bautizarlo, le llamaría Mephisto, como al mismísimo demonio, pero la verdad es que resultó ser un verdadero ángel. Mientras ella trabajaba, el gato dormía acurrucado en su mejor silla, cerca de la estufa que siempre mantenía encendida para evitar que sus manos se entumecieran. Su compañía resultó ser de gran inspiración para la joven, pues de sus manos surgieron sus mejores dibujos, exquisitas flores chinas y siluetas de gatos persiguiendo ovillos de oro.
Con un retal de seda roja, le bordó unos dibujos para un collar que el gato lucía durante el día. Pero cuando caía la tarde y la joven prendía las luces para continuar con su labor, se daba cuenta de que sobre la silla solo estaba el collar. Intuía que el animal saltaba al alféizar de la ventana y se las ingeniaba para abrir la cerradura con la ayuda de sus patitas y se escabullía para pasar la noche fuera. En un principio ella se preocupaba, pensando que ya no lo volvería a ver, pero a la mañana siguiente, mientras preparaba el desayuno, oía sus uñas arañando la puerta. Ella abría, y con un: ¡pasa! reanudaban su vida en común como si tal cosa.
Pasaron los días y la fecha de entrega se acercaba. Aún quedaban muchas horas de trabajo, y si en un principio pensó en contratar a alguien para que la ayudara, desechó pronto la idea, pues realmente solo confiaba en sí misma para que la labor fuera perfecta. Así que trabajaba sin descanso parando solo para comer algo y restándole horas al sueño. Cuando finalizó el plazo solo restaba el remate de algunos hilos. Luego, contemplar su creación la dejó en un estado de abatimiento, ya que siempre le costaba desprenderse de sus obras, pero también de alegría sabiendo que ése vestido emprendería una nueva vida junto a la soprano y que viajaría por el mundo en busca de nuevos teatros. Seguramente sería una existencia mucho más interesante que la de estar al lado de la joven bordadora y su gato.
El vestido descansaba en un sillón, perfectamente dispuesto para evitar que se arrugara. Cuando la joven pasó junto a él, imaginó cómo le quedaría, y sin dudarlo un instante se despojó de sus ropas y se lo puso. El gato, que raramente levantaba la cabeza, despertó con el crujir de la seda y la observó largamente, ella creyó ver en sus ojos un signo de admiración. ¿Tan guapa estoy? ¿A que no parezco yo? Acto seguido se dirigió al espejo y ni ella mismo se reconoció, tal era el efecto del vestido en el cuerpo de una mujer. Paseó por la pequeña estancia, recogiendo las faldas y empezó a bailar en compañía de un caballero imaginario, dejando atrás a la sencilla bordadora. Ahora era una gran dama. El sueño terminó cuando las campanadas del reloj dieron las cinco, la hora en que enviarían a alguien desde el Gran Teatro de la Ópera y se lo llevaría para siempre. Había llegado el momento de acometer una nueva obra, pero ya pensaría luego en ello. Hoy dedicaría todo el resto de la jornada a no hacer nada más que descansar. Realmente se lo merecía. Cuando estaba en la cocina hirviendo agua para el té, sonaron unos fuertes golpes en la puerta. ¿Quién será a estas horas? ¿Habrá surgido algún problema con el vestido? No descansaría hasta tener noticias del teatro y saber qué le había parecido a la soprano.
Era un mozo que le traía una carta con el membrete del Gran Teatro. La abrió apresuradamente. Junto a una nota, escrita por Juliette deshaciéndose en halagos por su magnífica obra, aparecieron dos entradas para asistir a la representación esa misma noche. Oh, si al menos mi hermano Valentín viviera en la misma ciudad… sin duda me acompañaría. Pero no conocía a nadie más para compartir con ella esta noche tan especial. ¡Oh, Mephisto, qué sola estoy!, se lamentó la joven y, en vano, buscó al gato. Incluso él la había abandonado. Esta vez no había dejado su collar bordado sobre la silla, pero la ventana se había quedado otra vez abierta de par en par.
Con todo, decidió vestirse con sus mejores prendas. En compañía o sin ella había decidido asistir a la representación, y así podría contemplar el vestido en el cuerpo de Juliette, y oiría por fin la famosa “Ária de las joyas”.
Cuando se dirigía a la puerta de salida, unos nuevos golpes resonaron en ella. Al abrir se encontró con la figura del caballero que había soñado aquella misma tarde, con el que había bailado una danza imaginaria. Le ofrecía su brazo y no dudó un instante en aceptarlo, y le oyó decir: “Pensabas que no estaría contigo esta noche?” Ella sonrió, no sin antes percibir el lazo que lucía el caballero en su cuello, pues era de la misma seda roja y llevaba los mismos dibujos que la joven bordó para su gato Mephisto.

9 comentarios:

Emily dijo...

Este cuento estaba en mi cabeza hace años. Era más trágico, pero luego cambié unas cositas y es mucho más amable y optimista.
Joan y Gemma me ayudaron a corregirlo y reescribirlo. Gracias.
Lo he dedicado a Alatrencada, pues ella sabrá que Valentín, el hermano de la bordadora, lleva el mismo nombre que el hermano de Margueritte, en Fausto. Es un guiño. Ahora, Alatrencada actúa en el Liceo, así que todo quedará en casa.
Por otra parte, el "Ária de las Joyas" es la canción con la cual la Castafiore, martirizaba al pobre capitán Haddock.
Espero que hayais tenido la suficiente paciencia para leerlo.

MK dijo...

Emily...

Creo que esa bordadora que cose con sabias puntadas de bondad , ilusión y destreza tiene un maravilloso futuro por delante...Chapeau, mon cherí...!!.

Silenci dijo...

L'he tornat a rellegir i ha quedat molt bé. Estic contenta d'haver contribuït una miqueta a l'embastada final. I vam riure, eh! Gràcies per compartir-lo amb mi des del principi que vas decidir escriure'l:)

Emily dijo...

Gràcies a les dues. La bordadora és molt maca i potser està massa sola, no sé si Mephisto va tornar a la seva apariència real...

MK dijo...

Bueno , yo explicándote lo que es la lana cocida...
Sabes estas telas compactas , parecidas al fieltro , gruesas y blandas a la vez con las que ultimamente habrás visto abrigos , chaquetas , faldas etc...con las costuras vistas y sin sobrehilar.Desestructuradas las llaman .Pues eso. Es muy gustosa , no se deshilacha y tiene un aspecto en versión corregida y mejorada , como cuando metias los jerseys sin darte cuenta en la lavadora , a temperatura máxima y esta te los devolvía como para los Madelmans de tu hermano.
Cuando te vengas a Barna nos vamos a Ribes y Casals y pedimos que nos las ensenyen.Pienso que pueden estar bién para trabajar con ellas tipo pach-work también.
A ver si te acabo de dar una idea estupenda ?.Imagínate chaquetas de invierno , calentitas , con las puntadas vistas y aplicaciones de dibujos en otro color...

el paseante dijo...

No notes com un descans quan una cosa que tenies de feia anys al cap la veus publicada?

T'ha quedat xulo el relat. Felicitats.

violette dijo...

Emily... altre cop un conte com els que acostumava a llegir un cop rera l'altre quan anava a passar la tarde a casa l'àvia, la que tenia tots els contes bonics a la seva llibreria. M'ha encantat el final, l'he llegit amb la meva gata fent-me companyia damunt la taula... (de fet estic escrivint amb una sola mà, pq està estirada sobre el meu braç dret!).
Molt bonic!

Emily dijo...

Aquest conte també va dedicat a tots vosaltres. M'agrada que tingues un gat, Violette, i com a la jove bordadora et doni una bona companyia.

alatrencada dijo...

Oh! Quina il.lusió que m'hagis dedicat aquest conte, no m'ho mereixo.I a sobre me n'assabento 2 mesos més tard...

M'ha encantat el personatge de la brodadora somniadora que espera el seu príncep blau ;-) I que els somnis es facin realitat. I tant.

Moltíssimes gràcies.